El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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¿Entró por la chimenea?
-La rejilla es demasiado pequeña -respondió-. Ya había considerado esa posibilidad.
-Pues entonces, ¿cómo? -insistí.
-Se empeña en no aplicar mis preceptos -dijo él, meneando la cabeza-. ¿Cuántas veces le he dicho que si eliminamos lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, tiene que ser la verdad? Sabemos que no entró por la puerta, ni por la ventana, ni por la chimenea. También sabemos que no podía estar escondido en la habitación, ya que no hay escondite posible. Así pues, ¿por dónde entró?
-¡Por el agujero del techo! -exclamé.
-Pues claro. Tiene que haber entrado por ahí. Si tiene la amabilidad de sujetar la lámpara, extenderemos nuestras investigaciones al cuarto de arriba. El cuarto secreto donde se encontró el tesoro.
Se subió a la escalerilla y, agarrándose a una viga con cada mano, se izó hasta el desván. Luego se tumbó boca abajo para recoger la lámpara y la sostuvo mientras yo le seguía.
La cámara en la que nos encontrábamos medía unos tres metros por dos. El suelo estaba formado por las vigas, con listones y yeso entre medias, de manera que había que andar poniendo los pies de viga en viga. El techo abuhardillado terminaba en punta y era evidentemente la parte interior del verdadero tejado de la casa. No había muebles de ninguna clase, y en el suelo se acumulaba el polvo de muchos años en una gruesa capa.
-Ahí lo tiene. ¿Lo ve? -dijo Sherlock Holmes, apoyando la mano en la pared inclinada-. Aquí hay una trampilla que da al tejado. La empujo y aquí está el tejado mismo, levemente inclinado. Así pues, por aquí entró el Número Uno. Veamos si podemos encontrar alguna otra huella de su personalidad.
Dejó la lámpara en el suelo y al hacerlo vi que, por segunda vez en aquella noche, en su rostro aparecía una expresión de sorpresa y sobresalto. En cuanto a mí, seguí su mirada y sentí un escalofrío bajo mis ropas. El suelo estaba cubierto de huellas de pies desnudos: claras, bien definidas, perfectamente formadas, pero apenas la mitad de grandes que las de un hombre normal.
-Holmes -dije en un susurro-, ha sido un niño el que ha hecho este horrible trabajo.
El había recuperado en un instante el control de sí mismo.
-Por un momento, me ha desconcertado -dijo-, pero es algo muy natural.

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