El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Lo que pasa es que me falló la memoria; de lo contrario, me lo habría imaginado de antemano. De aquí no sacaremos nada más. Vamos abajo.
-¿Y cuál es su teoría acerca de esas huellas? -pregunté.
-Querido Watson, intente analizarlo usted mismo -dijo con un tonillo de impaciencia-. Conoce mis métodos. Aplíquelos y será muy instructivo comparar los resultados.
-No se me ocurre nada que abarque los hechos -respondí.
-Pronto lo verá todo claro -dijo con aire despreocupado-. No creo que aquí quede ninguna otra cosa de interés, pero echaré una mirada.
Sacó la lupa y una cinta métrica y recorrió la habitación de rodillas, midiendo, comparando, examinando, con su larga nariz a pocos centímetros de las tablas del suelo y sus ojos redondos brillando desde el fondo de sus cuencas, como los de un pájaro. Tan rápidos, silenciosos y furtivos eran sus movimientos, como los de un sabueso bien adiestrado siguiendo un rastro, que no pude evitar pensar en el terrible criminal que habría podido ser si hubiera aplicado su energía y sagacidad en contra de la ley, en lugar de aplicarlas en su defensa. Mientras husmeaba, no paraba de murmurar para sí mismo, hasta que al final estalló en un fuerte cacareo de júbilo.
-Desde luego, estamos de suerte -dijo-. De aquí en adelante, ya no deberíamos tener problemas. El Número Uno ha tenido la desgracia de pisar la creosota. Vea el contorno de su piececito ahí, al lado de ese pringue maloliente. Como ve, la garrafa se ha agrietado, y el producto se ha derramado.
-¿Y eso, qué? -pregunté.
-Pues que ya lo tenemos, así de simple -dijo él-. Conozco un perro capaz de seguir ese olor hasta el fin del mundo. Si una jauría es capaz de seguir el rastro de un arenque por todo un condado, ¿qué no podrá hacer un perro especialmente adiestrado con un olor tan penetrante como éste? Es como un problema de regla de tres. La respuesta nos dará el... ¡Ah, vaya! Aquí tenemos a los representantes oficiales de la ley.
De la planta baja llegaba el sonido de fuertes pisadas y un clamor de voces, y la puerta del vestíbulo se cerró con un ruidoso portazo.
-Antes de que lleguen -dijo Holmes-, ponga la mano aquí, en el brazo de este pobre hombre, y aquí, en la pierna. ¿Qué nota?

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