El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Es cierto que nos puso sobre la buena pista; pero ahora reconocerá que fue más por buena suerte que por buen criterio.
-Fue un trabajo de razonamiento muy sencillo.
-¡Ande, ande! No le dé vergüenza reconocerlo. Pero ¿qué es todo esto? ¡Mal asunto, mal asunto! Aquí tenemos hechos escuetos. No hay lugar para teorías. Ha sido una suerte que yo estuviera en Norwood, ocupándome de otro caso. Estaba en la comisaría cuando llegó el mensaje. ¿De qué cree usted que murió este tipo?
-Oh, no creo que sea un caso en el que yo pueda teorízar -dijo Holmes secamente.
-No, claro que no. Aun así, no se puede negar que a veces da usted en el clavo. ¡Válgame Dios! Me dicen que la puerta estaba cerrada. Y que faltan joyas que valían medio millón. ¿Qué hay de la ventana?
-Cerrada; pero hay pisadas en el alféizar.
-Bueno, bueno. Si estaba cerrada, esas pisadas no pueden tener nada que ver con el asunto. Eso es de sentido común. Puede que el hombre haya muerto de un ataque; pero el caso es que han desaparecido las joyas. ¡Ajá! Tengo una teoría. A veces me vienen de golpe. Haga el favor de salir fuera, sargento, y usted también, señor Sholto. Su amigo puede quedarse. ¿Qué opina de esto, Holmes? Según ha confesado él mismo, Sholto estuvo con su hermano anoche. El hermano murió de un ataque y Sholto se largó con el tesoro. ¿Qué le parece?
Y luego, el muerto tuvo la gentileza de levantarse y cerrar la puerta por dentro.
-¡Hum! Sí, ahí hay algo que falla. Apliquemos al asunto el sentido común. Este Sholto estuvo con su hermano. Hubo una pelea. Eso nos consta. El hermano está muerto y las joyas han desaparecido; eso también nos consta. Nadie ha visto al hermano desde que Thaddeus lo dejó. No ha dormido en su cama. Thaddeus se encuentra en un estado de alteración mental de lo más evidente. Su aspecto es..., bueno, no es nada atractivo. Como ve, estoy tejiendo mi red en torno a Thaddeus. Y la red empieza a cerrarse sobre él.
-No conoce aún todos los hechos -dijo Holmes-. Esta astilla de madera, que tengo buenas razones para suponer que está envenenada, estaba clavada en el cuero cabelludo del muerto; aún se puede ver la señal. Este papel, con esta inscripción que usted ve, estaba sobre la mesa.

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