El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-Pues yo se lo traeré -dije-. Ahora es la una. Si consigo un caballo de refresco, podré estar de vuelta antes de las tres.
-Y yo veré lo que puedo averiguar por medio de la señora Bernstone y del sirviente indio, que, según me ha dicho el señor Thaddeus, duerme en la buhardilla de al lado. Luego estudiaré los métodos del gran Jones y aguantaré sus no muy delicados sarcasmos. «Wir sind gewohnt dass die Menschen verhöhnen was sie nicht verstehen». ¡Cuánta razón tenía Goethe!
Capítulo VII El episodio del barril
Los policías habían llegado en coche, y en ese coche acompañé a su casa a la señorita Morstan. Con un estilo angelical típicamente femenino, había sobrellevado los malos momentos con expresión serena mientras hubo alguien más débil que ella a quien consolar, y yo la había visto animada y tranquila al lado de la aterrada ama de llaves. Sin embargo, en el coche estuvo primero a punto de desmayarse y luego estalló en llantos apasionados, de tanto que la habían afectado las aventuras de aquella noche. Tiempo después me confesó que durante aquel trayecto yo le había parecido frío y distante. Poco sospechaba la lucha que tenía lugar en mi pecho y el esfuerzo que tuve que hacer para contener mis impulsos. Estaba dispuesto a ofrecerle todas mis simpatías y mi amor, como le había ofrecido la mano en el jardín. Estaba convencido de que aquel único día de extrañas aventuras me había permitido conocer su carácter dulce y valeroso como no habría podido llegar a conocerlo en muchos años de trato convencional. Sin embargo, dos pensamientos tenían sellados mis labios, impidiendo salir de ellos las palabras de afecto. Ella se encontraba débil e indefensa, con la mente y los nervios trastornados; hablarle de amor en aquel momento era jugar con ventaja. Pero había algo aun peor: era rica. Si las investigaciones de Holmes tenían éxito, heredaría una fortuna. ¿Era justo, era honorable que un médico con media paga se aprovechara de una intimidad que sólo se debía al azar? Ella podría pensar que yo era un vulgar cazadotes, y yo no podía arriesgarme a que se le pasara por la cabeza semejante pensamiento. Aquel tesoro de Agra se interponía entre nosotros como una barrera infranqueable.
Eran casi las dos cuando llegamos a la casa de la señora Forrester. La servidumbre se había acostado hacía horas, pero la señora Forrester estaba tan intrigada por el extraño mensaje que había recibido la señorita Morstan que se había quedado levantada esperando su regreso.

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