El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Ella misma nos abrió la puerta; era una atractiva mujer de edad madura, y me alegró ver con cuánta ternura rodeó con su brazo la cintura de la joven y con qué voz tan maternal la saludaba. Estaba claro que para ella la señorita Morstan no era una simple empleada, sino una amiga apreciada. Fuimos presentados, y la señora Forrester insistió en que entrara y le contara nuestras aventuras; pero yo le expliqué la importancia de mi misión y le prometí solemnemente pasar a visitarla para informarle de los progresos que hiciéramos en el caso. Cuando me alejaba, eché un vistazo hacia atrás y aún me parece estar viéndolas, allí en los escalones: las dos elegantes figuras abrazadas, la puerta medio abierta, la luz del vestíbulo brillando a través de la vidriera, reflejándose en el barómetro y en las varillas de la escalera... Qué reconfortante resultaba aquella imagen de tranquilo hogar inglés, por muy fugaz que fuera, en medio del violento y tenebroso asunto que nos tenía absorbidos.
Y cuanto más pensaba en lo sucedido, más extraño e incomprensible me parecía. Mientras traqueteábamos por las silenciosas calles iluminadas por farolas de gas, fui repasando toda la extraordinaria serie de acontecimientos. Lo primero, el problema original: eso, por lo menos, estaba ya bastante claro. La muerte del capitán Morstan, el envío de las perlas, el anuncio, la carta..., todo aquello lo habíamos aclarado. Sin embargo, eso nos había conducido a un misterio aun más complicado y mucho más trágico. El tesoro indio, el curioso plano encontrado en el equipaje de Morstan, la extraña escena de la muerte del mayor Sholto, el descubrimiento del tesoro, seguido inmediatamente por la muerte del descubridor, las extrañísimas circunstancias del crimen, las pisadas, las armas exóticas, las palabras escritas en el papel, que coincidían con las del plano del capitán Morstan..., un verdadero laberinto, en el que un hombre que no poseyera las extraordinarias facultades de mi compañero de alojamiento no tendría la menor esperanza de encontrar una sola pista.
Pinchin Lane era una manzana de destartaladas casas de ladrillo, de dos pisos, en la zona más baja de Lambeth. Tuve que llamar durante un buen rato al número 3 antes de que dieran señales de oírme. Por fin, vi brillar la luz de una vela detrás de la persiana y una cara se asomó a la ventana de arriba.
-Largo de ahí, borracho, vagabundo -dijo la cara-.

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