El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Si das un solo golpe más, abro las perreras y te suelto cuarenta y tres perros.
-Me basta con que suelte a uno, a eso he venido -dije.
-¡Largo! -exclamó la voz-. Por Dios que tengo una palanca en esta bolsa y te la voy a tirar a la cabeza a ver si la coges al vuelo.
-Es que necesito un perro -grité.
-¡Conmigo no se discute! -chilló el señor Sherman-. Y ahora, quítate de ahí porque, en cuanto cuente tres, tiro la palanca.
-El señor Sherlock Holmes... -empecé a decir.
Estas palabras tuvieron un efecto absolutamente mágico, porque al instante la ventana se cerró de golpe y en menos de un minuto la puerta estaba desatrancada y abierta. El señor Sherman era un hombre mayor, larguirucho y flaco, con los hombros caídos, el cuello fibroso y gafas de cristales azules.
-Los amigos del señor Holmes son siempre bienvenidos -dijo-. Pase, caballero. No se acerque al tejón, que muerde. ¡Ah, desvergonzada! ¿Querías darle un mordisco al caballero, eh? -esto se lo dijo a una comadreja que asomaba su maligna cabeza de ojos rojizos entre los barrotes de su jaula-. De ése no se asuste, señor; es sólo un lución. No tiene colmillos y lo dejo suelto para que acabe con las cucarachas. Tiene que perdonarme que haya estado algo seco con usted al principio. Es que los niños no me dejan en paz, y muchos de ellos vienen a esta calle sólo para llamar a mi puerta. ¿Qué es lo que deseaba el señor Holmes?
-Necesita uno de sus perros.
-¡Ah! Será Toby, sin duda.
-Sí, Toby era el nombre.
-Toby vive en el número 7, aquí a la izquierda.
Avanzó despacio con la vela entre la pintoresca familia de animales que había reunido a su alrededor. A la luz débil y vacilante de la vela pude entrever que desde todos los rincones nos miraban ojos relucientes y curiosos. Hasta las vigas que se extendían sobre nuestras cabezas estaban cubiertas de aves de aspecto solemne, que se movían perezosamente, cambiando el peso del cuerpo de una pata a la otra al despertarse a causa de nuestras voces.
Toby resultó ser un animal feo, de pelo largo y orejas caídas, mitad spaniel y mitad ratonero, de colores castaño y blanco, de andares desgarbados y torpes. Tras dudar un momento, aceptó un terrón de azúcar que el viejo naturalista me había dado y, habiendo sellado así nuestra alianza, me siguió hasta el coche y no puso ninguna dificultad para acompañarme.

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