El signo de los cuatro (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Las reivindicaciones de este tipo, pintorescas y extravagantes, son bastante corrientes en los anales del crimen y, por lo general, proporcionan valiosa información acerca del criminal. ¿Me sigue hasta ahora?
-Todo está muy claro.
-Pues sigamos. ¿Qué podía hacer Jonathan Small? Nada, aparte de seguir vigilando en secreto los esfuerzos que se hacían para encontrar el tesoro. Es posible que se marchara de Inglaterra y sólo volviera de vez en cuando. Entonces se descubre la buhardilla y él es informado al instante. Una vez más, encontramos indicios de la presencia de un cómplice en la casa. Jonathan, con su pierna postiza, nunca habría podido llegar hasta la habitación de Bartholomew Sholto, en el piso más alto. Pero le acompaña un aliado bastante curioso que consigue superar esta dificultad, aunque mete el pie desnudo en la creosota. Y aquí entra Toby y la penosa caminata de seis millas para un pobre funcionario a media paga con un tendón de Aquiles estropeado.
-Pero entonces fue el compañero, y no Jonathan, quien cometió el crimen.
-Exacto. Y con gran disgusto de Jonathan, a juzgar por la manera en que pateó el suelo cuando entró en la habitación. No tenía nada personal contra Bartholomew Sholto y habría preferido limitarse a atarlo y amordazarlo. No sentía ningún deseo de meter la cabeza en la horca. Sin embargo, la cosa ya no tenía remedio; los instintos salvajes de su compañero se habían desatado y el veneno había hecho su trabajo. Así que Jonathan Small dejó su tarjeta de visita, bajó la caja del tesoro al suelo y luego descendió él. Ésta es la secuencia de acontecimientos, hasta donde puedo descifrarla. En cuanto a su aspecto personal, desde luego tiene que ser de edad madura y tiene que estar tostado por el sol después de haber cumplido condena en un horno como las islas Andaman. La estatura se deduce fácilmente de la longitud de sus pasos, y sabemos que tenía barba, porque la barba fue lo único en que se fijó Thaddeus Sholto cuando lo vio en la ventana. No sé si queda algo más.
-¿El cómplice?
-Ah, sí, en eso no hay mucho misterio. Pero muy pronto lo sabrá usted todo. ¡Qué agradable es el aire de la mañana! Mire cómo flota aquella nubecilla. Parece una pluma rosa de un flamenco gigante. Y ya asoma el borde rojo del sol sobre las nubes de Londres.

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