El mercader de Venecia (William Shakespeare) Libros Clásicos

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pensamiento de los daños que un ciclón podría hacer en el mar. No me atrevería a ver vaciarse
la ampolla de un reloj de arena, sin pensar en los bajos arrecifes y sin acordarme de mi rico
bajel Andrés, encallado y ladeado, con su palo mayor abatido por encima de las bandas para
besar su tumba. Si fuese a la iglesia, ¿podría contemplar el santo edificio de piedra, sin
imaginarme inmediatamente los escollos peligrosos que, con sólo tocar los costados de mi
hermosa nave, desperdigarían mis géneros por el océano y vestirían con mis sedas a las
rugientes olas, y, en una palabra, sin pensar que yo, opulento al presente, puedo quedar
reducido a la nada en un instante? ¿Podría reflexionar en estas cosas, evitando esa otra
consideración de que, si sobreviniera una desgracia semejante, me causaría tristeza? Luego,
sin necesidad de que me lo digáis, sé que Antonio está triste porque piensa en sus mercancías.
ANTONIO.- No, creedme; gracias a mi fortuna, todas mis especulaciones no van confiadas a un
solo buque, ni las dirijo a un solo sitio; ni el total de mi riqueza depende tampoco de los
percances del año presente; no es, por tanto, la suerte de mis mercancías lo que me
entristece.
SALARINO.- Pues entonces es que estáis enamorado.
ANTONIO.- ¡Quita, quita!

SALARINO.- ¿Ni enamorado tampoco? Pues convengamos en que estáis triste porque no estáis
alegre, y en que os sería por demás grato reír, saltar y decir que estáis alegre porque no estáis
triste. Ahora, por Jano, el de la doble cara, la Naturaleza se goza a veces en formar seres raros.
Los hay que están siempre predispuestos a entornar los ojos y a reír como una cotorra delante
de un simple tocador de cornamusa, y otros que tienen una fisonomía tan avinagrada, que no
descubrirían sus dientes para sonreír, aun cuando el mismo grave Néstor jurara que acababa
de oír una chirigota regocijante.
SALANIO.- Aquí llega Bassanio, vuestro nobilísimo pariente, con Graciano y Lorenzo. Que os
vaya bien; vamos a dejaros en mejor compañía.
SALARINO.- Me hubiera quedado con vos hasta veros recobrar la alegría, si más dignos amigos
no me relevaran de esa tarea.
ANTONIO.- Vuestro mérito es muy caro a mis ojos. Tengo la seguridad de que vuestros asuntos

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