El mercader de Venecia (William Shakespeare) Libros Clásicos

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LAUNCELOT.- ¿Habláis del joven maese Launcelot? (Aparte.) Ponedme atención ahora; voy a
hacer correr las lágrimas6. (A GOBBO.) ¿Habláis del joven maese Launcelot?
GOBBO.- No es maese, señor, sino el hijo de un pobre hombre; su padre, aunque sea yo quien
lo diga, es un hombre honrado, extremadamente pobre, y, a Dios gracias, en buena disposición
de vivir.
LAUNCELOT.- Bien; sea su padre lo que quiera, hablamos del joven maese Launcelot.
GOBBO.- Launcelot a secas, señor, para servir a vuestra señoría.
LAUNCELOT.- Pero os lo ruego, ergo anciano, ergo, os lo suplico: ¿es del joven maese Launcelot
de quien habláis?
GOBBO.- De Launcelot, si place a vuestro honor.
LAUNCELOT.- Ergo, de maese Launcelot. No habléis de maese Launcelot, padre, pues el joven
caballero, según los hados y los destinos y otras maneras raras de hablar, como las Tres
Hermanas, y parecidas divisiones de la erudición, ha fallecido, o, como diríamos en términos
más corrientes, ha ido al cielo.
GOBBO.- ¡Pardiez! ¡No lo permita Dios! El muchacho era el báculo de mi vejez, mi verdadero
sostén.
LAUNCELOT.- (Aparte.) ¿Me parezco a un garrote, a una viga, a un bastón o a un poste? (A

GOBBO.) ¿Me reconocéis, padre?
GOBBO.- ¡Ay! No, no os conozco, joven caballero; pero decidme, por favor, si mi muchacho
(Dios dé reposo a su alma) está muerto o vivo.
LAUNCELOT.- ¿Me reconocéis, padre?
GOBBO.- ¡Ay! Señor, estoy casi ciego, no os reconozco.
LAUNCELOT.- En verdad, aunque tuvierais vuestros ojos, podríais muy bien no reconocerme: es
un padre avisado el que conoce su propio hijo. Vamos, viejo, voy a daros noticias de vuestro
hijo. (Se arrodilla.) Dadme vuestra bendición; la verdad sale siempre a luz; un crimen no puede
estar oculto largo tiempo, pero sí un hijo para su padre; sin embargo, al final la verdad acaba
siempre por descubrirse.
GOBBO.- Os lo ruego, señor, levantaos; estoy seguro que no sois Launcelot, mi hijo.
LAUNCELOT.- Os lo suplico: no digamos más tonterías sobre este asunto, sino dadme vuestra
bendición; soy Launcelot, el que era vuestro mocito, el que es ahora vuestro hijo, el que será
siempre vuestro chico.
GOBBO.- No puedo creer que seáis mi hijo.
LAUNCELOT.- No sé lo que debo creer a este respecto; pero soy Launcelot, el criado del judío, y

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