El mercader de Venecia (William Shakespeare) Libros Clásicos

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me convence más que la elocuencia, y es a ti al que escojo. ¡Que sea dichosa la consecuencia
de esta elección!
PORCIA.- ¡Cómo se disipan en el aire todas las pasiones que me agitaban, excepto una sola:
ansiedades de dudas, desesperación de la precipitación temeraria, temor tembloroso, celos de
ojos verdes! ¡Oh amor, modérate; comprime tu éxtasis, haz derramar tu alegría
mesuradamente, limita tu ardor! ¡Siento demasiado vivamente tu dicha; disminúyela, antes
que llegue a trastornarme!
BASSANIO.-
(Abriendo el cofre de plomo.)
¿Qué es lo que encuentro aquí? ¡El retrato de la bella Porcia! ¿Qué semidiós ha sabido
aproximarse tanto a la creación? Estos ojos, ¿se mueven o parece que están en movimiento
porque dejan atónitas las miradas de los míos? Aquí están los labios, entreabiertos, separados
por una respiración aromada; tan dulce barrera merecería separar tan dulces amigos. En sus
cabellos, el pintor ha imitado a la araña y ha tejido una red de oro para prender los corazones
de los hombres en más grande número que los insectos se enredan en las telarañas. Pero los
ojos, ¿cómo ha podido verlos lo bastante para pintarlos? Parece que el pintar uno solo era lo
suficiente para hacerle perder los dos suyos, y detenerle así en su tarea. Mirad, sin embargo.
Tanto más daña la realidad de mis elogios a esta figura, al desvalorizarla, cuanto el mismo
retrato queda cojo en comparación con la viviente realidad. Mas he aquí el rollito que contiene
la expresión somera de mi suerte feliz.
(Lee.)
¡A vos, que no escogéis por la apariencia,
suerte siempre tan feliz y elección tan verdadera!
Ya que esta buena fortuna os alcanza,
contentaos con ella y no busquéis otra nueva.
Si os sentís satisfecho con esto,
y si consideráis vuestra aventura para dicha vuestra,
volveos del lado de vuestra dama
y reclamadla con un beso de amor.
¡Rollo encantador! Bella dama, con vuestro permiso, vengo con mi escrito en la mano para dar
y recibir. (La besa.) Como cuando dos luchadores se disputan una victoria, el que piensa
haberse portado bien a los ojos del pueblo, esperando los aplausos y los vítores unánimes, se
detiene con el espíritu lleno de confusiones y calcula, indeciso, si esas aclamaciones elogiosas

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