El mercader de Venecia (William Shakespeare) Libros Clásicos

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te expondré todos mis planes cuando estemos en mi coche, que nos espera a la puerta del
parque; apresurémonos, pues tenemos que hacer veinte millas hoy. (Salen.)
Escena V
Belmont - El jardín de PORCIA.
Entran LAUNCELOT y JESSICA.
LAUNCELOT.- Sí, en verdad; pues ya lo veis, los pecados del padre recaen en los hijos; por
tanto, os prometo que tiemblo por vos. Siempre he sido franco con vos; he ahí por qué os
expreso ahora mi «irreflexión» en la materia. Así, pues, divertíos bien, porque,
verdaderamente, creo que estáis condenada. No tenéis más que una esperanza que pueda
seros de alguna ayuda; y esa esperanza es aún una especie de esperanza bastarda.
JESSICA.- ¿Y qué esperanza es esa, me haces el favor?
LAUNCELOT.- ¡Pardiez!, la esperanza de que no seáis hija del judío.
JESSICA.- Esa sería, en efecto, una especie de esperanza bastarda; pues, si fuese así, los
pecados de mi madre deberían recaer sobre mí.
LAUNCELOT.- Entonces, a la verdad, mucho temo que no estéis condenada a la vez por causa
de vuestro padre y por causa de vuestra madre; así, cuando huyo de Scila, vuestro padre, caigo
en Garibdis, vuestra madre. Bien; estáis perdida por los dos costados.
JESSICA.- Seré salvada por mi marido; me ha hecho cristiana.
LAUNCELOT.- Razón, por cierto, para censurarle más; éramos ya bastantes cristianos; éramos
aún más de los que necesitábamos para vivir en buena vecindad. Este furor de hacer cristianos
hará subir el precio de los cochinos; si nos ponemos a convertirnos en comedores de puercos,
muy pronto no será posible, aun a precio fabuloso, hacer un asado a la parrilla.
JESSICA.- Voy a repetir lo que me dices a mi marido, Launcelot; mírale, aquí llega.

(Entra LORENZO.)
LORENZO.- Voy a estar muy pronto celoso de vos, Launcelot, si continuáis de charla con mi
mujer por los rincones.
JESSICA.- Nada tenéis que temer de nosotros, Lorenzo; Launcelot y yo estamos en discordia.
Me dice rotundamente que no hay esperanza para mí en el cielo, porque soy hija de un judío, y
añade que no sois un buen ciudadano de la república porque, al convertir los judíos en
cristianos, hacéis subir el precio del puerco.
LORENZO.- Me será más fácil justificarme de esta acción cerca de la república que a vos

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