Los Miserables (Víctor Hugo) Libros Clásicos

Página 19 de 384

Mientras hablaba había dejado el saco y el palo en un rincón, guardado su pasaporte en el bolsillo y tomado asiento. La señorita Baptistina lo miraba con dulzura.
-Sois muy humano, señor cura -continuó diciendo-; vos no despreciáis a nadie. Es gran cosa un buen sacerdote. ¿De modo que no tenéis necesidad de que os pague?
-No -dijo el obispo-, guardad vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? ¿No me habéis dicho que ciento nueve francos?
-Y quince sueldos -añadió el hombre.
-Ciento nueve francos y quince sueldos. ¿Y cuánto tiempo os ha costado ganar ese dinero?
-¡Diecinueve años!
El obispo suspiró profundamente. El hombre prosiguió:
Todavía tengo todo mi dinero. En cuatro días no he gastado más que veinticinco sueldos, que gané ayudando a descargar unos carros en Grasse.
El obispo se levantó a cerrar la puerta, que había quedado completamente abierta.
La señora Magloire volvió, con un cubierto que puso en la mesa.
-Señora Magloire -dijo el obispo-, poned ese cubierto lo más cerca posible de la chimenea. -Y se volvió hacia el huésped-: El viento de la noche es muy crudo en los Alpes. ¿Tenéis frío, caballero?
Cada vez que pronunciaba la palabra caballero con voz dulcemente grave, se iluminaba la fisonomía del huésped. Llamar caballero a un presidiario, es dar un vaso de agua a un náufrago de la Medusa. La ignominia está sedienta de consideración.
-Esta luz alumbra muy poco -prosiguió el obispo.
La señora Magloire lo oyó; tomó de la chimenea del cuarto de Su Ilustrísima los dos candelabros de plaza, y los puso encendidos en la mesa.
-Señor cura -dijo el hombre-, sois bueno; no me despreciáis, me recibís en vuestra casa. Encendéis las velas para mí. Y sin embargo, no os he ocultado de donde vengo, y que soy un miserable.
El obispo, que estaba sentado a su lado, le tocó suavemente la mano:
-No tenéis que decirme quien sois. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Esa puerta no pregunta al que entra por ella si tiene un nombre, sino si time algún dolor. Padecéis; tenéis hambre y sed; pues sed bien venido. No melo agradezcáis; no me digáis que os recibo en mi casa. Aquí no está en su casa más que el que necesita asilo. Vos que pasáis por aquí, estáis en vuestra casa más que en la mía.

Página 19 de 384
 

Paginas:
Grupo de Paginas:                   

Compartir:




Diccionario: