Los Miserables (Víctor Hugo) Libros Clásicos

Página 38 de 384

-¡Soy un miserable!
Su corazón estalló, y rompió a llorar. ¡Era la primera vez que lloraba en diecinueve años!
Cuando Jean Valjean salió de casa del obispo, estaba, por decirlo así, fuera de todo lo que había sido su pensamiento hasta allí. No podía explicarse lo que pasaba en él. Quería resistir la acción angélica, las dulces palabras del anciano: "Me ha­
béis prometido ser hombre honrado. Yo compro vuestra alma. Yo la libero del espíritu de perversidad, y la consagro a Dios". Estas frases se presentaban a su memoria sin cesar. Comprendía claramente que el perdón de aquel sacerdote era el ataque más formidable que podía recibir; que su endurecimiento sería infinito si podía resistir aquella clemencia; pero que si cedía, le sería preciso renunciar al odio que había alimentado en su alma por espacio de tantos años, y que ahora había comenzado una lucha colosal y definitiva entre su maldad y la bondad del anciano sacerdote.
Deslumbrado ante esta nueva luz, caminaba como un enajenado. Veía sin duda alguna que ya no era el mismo hombre; que todo había cambiado en él, y que no había estado en su mano evitar que el obispo le hablara y lo conmoviera.
En este estado de espíritu había aparecido Gervasillo y él le había robado sus cuarenta sueldos. ¿Por qué? Con toda seguridad no hubiera podido explicarlo. ¿Era aquella acción un último efecto, un supremo esfuerzo de las malas ideas que había traído del presidio?
Jean Valjean retrocedió con angustia y dio un grito de espanto. Al robar la moneda al niño había hecho algo que no sería ya más capaz de hacer. Esta última mala acción tuvo en él un efecto decisivo. En el momento en que exclamaba: "¡Soy un miserable!", acababa de conocerse tal como era. Vio realmente a Jean Valjean con su siniestra fisonomía delante de sí, y le tuvo horror.
Vio, como en una profundidad misteriosa, una especie de luz que tomó al principio por una antorcha. Examinando con más atención esta luz encendida en su conciencia, vio que tenía forma humana, y que era el obispo.
Su conciencia comparó al obispo con Jean Valjean. El obispo crecía y resplandecía a sus ojos y Jean Valjean se empequeñecía y desaparecía. Después de algunos instantes sólo quedó de él una sombra. Después desapareció del todo. Sólo quedó el obispo. El obispo, que iluminaba el alma de aquel miserable con un resplandor magnífico.

Página 38 de 384
 

Paginas:
Grupo de Paginas:                   

Compartir:




Diccionario: