El ricachón en la corte (Moliere) Libros Clásicos

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JOURDAIN. -Tiene razón ese latinajo.
FILÓSOFO. -¿Tenéis algunos principios o rudimentos de las ciencias?
JOURDAIN. -¡Oh, sí, señor: sé leer y escribir!
FILÓSOFO. -¿Y por dónde queréis que comencemos? ¿Queréis que os enseñe la lógica?
JOURDAIN. -¿Qué viene a ser eso de la lógica?
FILÓSOFO. - Es la que enseña las tres operaciones de la mente.
JOURDAIN. - ¿Y cuáles son esas tres operaciones?
FILÓSOFO. -La primera, la segunda y la tercera. La primera es la que enseña a discurrir por medio de los universales; la segunda, a juzgar por medio de las categorías; la tercera, la que enseña a deducir las consecuencias por medio de las figuras: Barbara, Celarent, Darii, Ferio, Baralipton, etc.
JOURDAIN. -¡Vaya unas palabrejas estrambóticas! Esto de la lógica no me hace gracia; estudiemos otra cosa más agradable.
FILÓSOFO. -¿Queréis aprender moral?
JOURDAIN. -¿Moral?
FILÓSOFO. -Sí.
JOURDAIN. -¿De qué trata la moral?
FILÓSOFO. -De la felicidad, enseñando al hombre la moderación de sus pasiones y...
JOURDAIN. -No, dejemos eso. Yo soy un bilioso de todos los diablos, y no hay moral que me valga ni que me impida montar en cólera cuando me dé la gana.
FILÓSOFO. -¿Queréis aprender física?
JOURDAIN. -¿Qué cantilena es esa de la física?
FILÓSOFO. -La física explica los principios de las cosas naturales y las propiedades de cada cuerpo; la que discurre sobre la naturaleza de los elementos, los metales, minerales, piedras, plantas, animales...

Ella nos enseña las causas de los meteoros, del arco iris, de las estrellas fugaces, de los cometas, del rayo, del trueno, del ciclón, de la lluvia, de la nieve, del hielo, los vientos y los torbellinos.
JOURDAIN. -Hay demasiado estruendo en todo eso; demasiada confusión.
FILÓSOFO. -Entonces, ¿qué queréis que os enseñe?
JOURDAIN. -Enseñadme la ortografía.
FILÓSOFO. -Con mucho gusto.
JOURDAIN. -Después me enseñaréis el almanaque, para que pueda saber cuándo hay luna y cuándo no la hay.
FILÓSOFO. -Perfectamente. Y para mejor seguir vuestros deseos y tratar el asunto filosóficamente, es preciso comenzar, según el orden de las cosas, por el conocimiento exacto de la naturaleza de las letras y la manera peculiar de pronunciarse cada una de ellas.

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