Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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buenas obras, pasaba mucho tiempo con nosotros y nosotros con él; y para
que los sitios de nuestra permanencia se nos hiciesen más agradables con
este cambio, íbamos de Colignac a Cussan y de Cussan a Colignac. Con todo
esto, siendo muchos los inocentes placeres de que el cuerpo es capaz, sólo
constituían la menor parte, pues la mayor era la de los que encontrábamos
en el estudio y en la conversación, que nunca nos faltaba. Y nuestras
bibliotecas, unidas como nuestros espíritus, recogían en su seno todos los
doctos de nuestra sociedad; así, mezclábamos la lectura con la charla,
ésta con la buena comida y todo con la pesca o con la caza o con los
paseos; en una palabra, gozábamos, por decirlo así, de nosotros mismos y
de con cuanto la Naturaleza ha producido para nuestro más dulce regalo,
sin que a nuestro deseo pusiésemos otro límite que el que la razón le
señalaba. Pero mi fama, que era muy contraria a mi tranquilidad, corría ya
por las aldeas vecinas y hasta por las mismas ciudades de la provincia.
Hasta el punto de que todo el mundo, por ese rumor atraído, con el
pretexto de ver a mi señor iba a su palacio para ver al brujo. Cuando yo
salía del castillo, no sólo las mujeres y los niños, sino hasta los
hombres, me miraban como a un Diablo, y sobre todos lo hacía así el
párroco de Colignac, que tal vez por malicia, tal vez por ignorancia,
aunque secretamente, era el mayor de mis enemigos. Este hombre, de
apariencia sencilla, tenía un espíritu burdo e ingenuo. Era infinitamente
gracioso por sus bromas, pero resultaba sin embargo muy cruel; era
vengativo hasta el encarnizamiento, más calumniador que un normando, y tan
enredante, que podría decirse que el amor por el enredo era su pasión más
grande.

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