Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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acordado, habíamos de pasar allí un mes, a mí me parecía muy bien el
llevar algunos libros. Ellos fueron de esta opinión, y luego de haber
comido tomaron las de Villadiego. ¡Dios mío! Sin embargo, hice un fardo de
volúmenes que pensé que no estarían en la biblioteca de Cussan, y los
cargué en un mulo, y ya eran cerca de las tres cuando me puse en camino,
montado sobre rápido corcel. Pero a pesar de serlo tanto, yo iba tan sólo
al paso a fin de acompañar a mi biblioteca y para halagar el alma con el
goce que el paisaje ofrecía a mi vista. Mas escuchad una aventura que me
sucedió.
Ya había andado más de cuatro leguas cuando me encontré en una
comarca que yo creía con certeza haber visto alguna otra vez. En efecto;
tanto acucié mi memoria para que me dijese dónde había yo visto este
paisaje, que esta facultad, haciendo que la presencia de los objetos
provocase sus imágenes, me ayudó tanto que llegué a recordar que tal lugar
era precisamente el que yo había visto en sueños la noche pasada. Este
encuentro extraño hubiese fijado mi atención más tiempo del que la tuvo
suspensa si una visión extraña no me hubiera despertado. Y fue que un
espectro (al menos a mí me lo pareció) se presentó ante mí, y llegando
hasta la mitad de la calzada cogió por la brida a mi caballo. La estatura
de este fantasma era enorme, y por lo poco que de sus ojos podía verse se
adivinaba que su mirada era ruda y triste. No sabré decir, sin embargo, si
su rostro era hermoso o feo, porque un largo manto tejido con hojas de un
libro de canto llano le cubría hasta los pies, y el rostro lo traía
escondido bajo un mapa, en el que estaban inscritas estas palabras: In

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