Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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principio. Éstas fueron las primeras que dijo el fantasma, lleno de
espanto: «Satanus diabolas!: Yo te conjuro en el nombre del gran Dios de
los vivos». Al decir estas palabras se quedó absorto, y como repitiese
muchas veces «gran Dios de los vivos» y fuese buscando con la mirada
perdida a su Pastor para decirle lo que quería, y como el Pastor no se
apareciese por ninguna parte, se puso a temblar con tanto espanto que, al
dar con tanta violencia diente con diente, la mitad de éstos se le cayeron
al suelo y las dos terceras partes de las pautas musicales con que iba
vestido se le dispersaron como mariposas. Entonces se volvió hacia mí, y
con una mirada que no era ni dulce ni fiera y que daba muestras de la
indecisión de su espíritu para resolver si habría de enfadarse o no, me
dijo: «¡Pues bien, Satanus diabolas, por la Verónica!, te conjuro en el
nombre de Dios y de Monseñor San Juan que no te opongas a mi voluntad,
pues si te mueves o chistas -¡el diablo te lleve!- te destripo». Yo le
zamarreé con las bridas de mi caballo; pero las risas que me sofocaban no
me dieron fuerza alguna. Añadid a todo esto que unos cincuenta aldeanos,
saliendo de detrás de unos setos avanzaron hacia mí andando de rodillas y
cantando el Kirie eleison hasta desgañitarse, y cuando ya estuvieron
bastante cerca de mí, cuatro de los más robustos, después de enjugarse las
manos en el agua bendita que en una pila a propósito les ofreció el
servidor del presbiterio, me cogieron por el cuello. Aún no había sido
detenido cuando vi aparecer al Monseñor San Juan, el cual me tiró
devotamente su estola, con la cual me agarrotó; seguidamente una horda de
mujeres y niños a pesar de mi resistencia, me cosieron dentro de un gran

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