Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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para sondearle le hablase de esta manera: «Tú eres pobre, ¿no es verdad,
amigo mío?» «¡Ay, señor -me contestó el rústico-, ni que fueseis adivino
hubieseis puesto el dedo más encima de la llaga». «Bueno; pues mira -le
repliqué-, toma este escudo».
Sentí su mano tan temblorosa cuando se la cogí con la mía, que apenas
podía él cerrarla; esto me pareció un mal augurio; sin embargo, pronto
pude comprender, por el fervor que en sus agradecimientos mostraba, que
tan sólo temblaba de alegría. Este convencimiento hizo que yo prosiguiese
de esta manera: «Yo, si tú fueses hombre capaz de querer participar en el
cumplimiento de un voto que tengo hecho, además de la devoción de mi alma,
te daría veinte escudos que serían tan tuyos como lo es tu sombrero;
porque sabrás que no hace una hora, ni casi un minuto, cuando antes de
llegar tú se me ha aparecido un ángel y me ha prometido demostrar la
justicia de mi causa con tal de yo vaya mañana a hacer decir una misa en
la iglesia de Nuestra Señora, de esta aldea, en el altar mayor. Yo he
querido disculparme pretextando que estaba encarcelado demasiado
estrechamente; pero él me contestó que vendría un hombre de parte de mi
carcelero para acompañarme y que a este hombre yo no tenía más sino
pedirle de su parte que me llevase a la iglesia y me volviese a la cárcel;
que yo le pidiese que me guardase el secreto y me obedeciese sin réplica,
pues si se negaba a hacerlo él le castigaría a morir dentro de un año. Y
que si con todo esto el enviado del carcelero dudaba, le dijese yo que por
sus apariencias era de la Cofradía del Escapulario». Ya sabrá el lector
que antes de esto había visto por la abertura de su camisa un escapulario

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