Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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..» Y aun no
había pronunciado la palabra que iba a seguir a ésta, cuando el hombre
volvió la cabeza. ¡Santo Dios! ¿Qué ocurrió entonces? ¡Dios mío! ¿Qué es
lo que pasó por mí? Este hombre era mi carcelero. Los dos nos quedamos
suspensos y absortos al vernos en tan extraño lugar. Él no tenía ojos sino
para mirarme, y yo tenía todos los míos en él clavados. Así estuvimos
hasta que el mutuo interés nos sacó a los dos del éxtasis en que nos
habíamos sumido. «¡Ay, qué miserable es mi suerte -exclamó el carcelero-;
ahora me van a descubrir!» Esta frase quejosa me inspiró en seguida la
estratagema que voy a contaros. «¡Ah! ¡Señores, justicia, justicia,
cogedle! -empecé a gritar, dando grandes chillidos-. ¡Ladrones! Este
ladrón ha robado las joyas a la condesa de Mousseaux; un año hace que le
buscaba. ¡Cien escudos a quien le coja!» Apenas había lanzado estos gritos
cuando una numerosa canalla se abalanzó sobre este pobre asombrado. El
espanto en que le sumió mi extraordinaria imprudencia, junto a la idea que
él tenía de que sin haberme ayudado el mismo Demonio, penetrando las
paredes de mi cárcel sin agujerearlas, yo no podía haberme salvado, le
afligió de tal modo que durante mucho tiempo estuvo como fuera de sí; por
fin, mal que bien se repuso, y las primeras palabras que dijo al
populacho, para disuadirle, fue que llevasen cuidado en equivocarse porque
él era un hombre de bien. Indudablemente iba a descubrir con esto todo el
engaño; pero una docena de verduleras, de lacayos y de postillones,
deseosos de servirme para cobrar el dinero que yo les ofrecía, le cerraron
la boca a puñetazos, y como pensaban que la recompensa sería tanto mayor
cuanto más ultrajes e insultos infiriesen a la debilidad de este pobre
engañado, cada uno procuraba darle ya un puntapié, ya una bofetada.

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