Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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había asustado. Lo demás no me sorprendió nada, porque yo había previsto
ya que el vacío que se produciría en el icosaedro, a causa de la
convergencia de los rayos del Sol provocada por los cristales cóncavos,
atraerían, para llenarlo, una impetuosa abundancia de aire, con la cual mi
caja se elevaría de tal modo que así que iría elevándome el horrible
viento que se adentraría por el agujero no podría elevarse hasta la
techumbre sin que penetrando en esta máquina con furia, la impulsase hacia
lo alto. Aunque mi propósito estuviese meditado con muchas precauciones,
vino sin embargo a equivocarme una circunstancia por no haber confiado
bastante en la virtud de mis espejos. Alrededor de mi caja yo había izado
una vela pequeña, fácil de manejar, con una escota cuyo chicote tenía yo
en mis manos y que pasaba por la boca de la vasija; hice esto porque
pensaba que con tal arte, cuando estuviese en el aire, podría aprovechar
todo el viento que me fuese necesario para llegar a Colignac; pero en un
abrir y cerrar de ojos, el Sol, que daba de lleno y oblicuamente sobre los
espejos del icosaedro, me elevó a tal altura que perdí de vista Tolosa.
Esto me obligó a abandonar mi escota; poco tiempo después advertí, mirando
por una de las ventanillas que había practicado en los cuatro costados de
la máquina, que mi pequeña vela, arrancada por el viento, volaba a la
merced de un torbellino que dentro de ella hacía el aire. Recuerdo que en
menos de una hora me encontré por encima de la región media. De esto me di
cuenta fácilmente porque vi llover y granizar por debajo de mí. Acaso se
me preguntará que de dónde procedía entonces el viento necesario para que
mi máquina pudiera elevarse, ya que estaba en una parte del Cielo exenta

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