Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Pero no lo hago; y cuando me entero de algún caso de verdadera pobreza, o de alguna enfermedad terrible, ¡me avergüenzo tanto de mi conducta! Si supiera cómo empezar, haría de veras alguna obra buena. Pero en mi camino no se cruzan nunca los niñitos sucios, las mujeres borrachas que hay que reformar, o las interesantes muchachitas inválidas, con las que se puede cantar y rezar, como acontece en los libros -exclamó Marion Warren, con tal expresión de remordimiento en su alegre y redondita carita, que sus amigas soltaron unánimemente la carcajada.
-Yo sé algo que puedo hacer, si tuviera el valor necesario para empezarlo. Pero papá menearía, incrédulo, la cabeza, si se enterara; mamá se preocuparía pensando que no es correcto; me restaría parte del tiempo que dedico a mi música, todas las cosas agradables se presentarían siempre en el día que tenía pensado consagrar a mis buenas obras y yo me desanimaría o me avergonzaría, y lo haría mal, así que no empiezo nada, aunque sé que debería hacerlo.
Y Elizabeth Alden miró implorante a sus amigas, con sus grandes ojos, como rogándoles que la incitaran a cumplir con el deber, dándole ánimos o buenos consejos.
-Sí, también comprendo que eso está bien, pero no me agrada introducirme en las casas de los pobres para oler malos olores, ver espectáculos tristes, oír contar historias lastimosas y correr el riesgo de pillar una fiebre, difteria o cualquier enfermedad espantosa. No finjo que me agrada la caridad, y declaro abiertamente que soy una chiquilla tonta y egoísta, y que quiero gozar de todos los minutos de mi vida, sin preocu­parme por los demás. ¿No es verdaderamente vergonzoso?
Maggie Bradford parecía una pecadora tan amable, mientras hacía francamente su triste confesión, que nadie pudo reprenderla, aunque Ida Standish, su amiga íntima, meneó la cabeza, y Ana dijo, suspirando:
-Me parece que todas pensamos más o menos como Maggie, aunque no lo reconocemos tan honradamente. La primavera última, cuando estuve enferma y creí que iba a morir, me avergonzaba de tal modo pensar en el invierno frívolo y ocioso que había pasado, que me decía que daría con gusto todo lo que tenía con tal de poderlo vivir otra vez, y mejor. Ya sé que de una muchacha de dieciocho años no se espera gran cosa, pero, ¡oh!, podría haber hecho cientos de pequeñas bondades, si no hubiera pensado más que en mí.

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