Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-Creo que la idea es perfecta y voy a poner mi plan en ejecución. Pero no os diré todavía de qué se trata; os pondríais a gritar, diciéndome que no podría hacerlo, pero si cada una de vosotras intenta algo parecido, estaremos en el mismo caso -dijo Lizzie, cortando con decisión los bordes de un estuche de peluche que estaba haciendo para su querida música.
-¿Y si todas mantuviéramos en secreto nuestro trabajo y no dejáramos que la mano derecha supiera lo que hace la izquierda? A mí me divierte mucho intrigar a la gente, y así nadie podrá reírse de nosotros. Si fracasamos, no tendremos que decir nada; y si triunfamos, lo contaremos todo y tendremos nuestra recompensa. Me agradaría que fuera así, y me pondré en seguida a buscar un limpiabotas especialmente horrible, una vieja desagradecida o una niña fea, para dedicarme a ellos con la paciencia de una santa ­exclamó Maggie, seducida por la idea de hacer el bien secretamente y ser descubierta por accidente:
Al cabo de cierta discusión, las demás muchachas dieron también su aprobación al plan, y entonces Ana, tomó de nuevo la palabra:
-Propongo que cada una de nosotras trabaje, según le parezca mejor, hasta el mes de mayo, y luego, el día de nuestra última reunión, nos informe, sincera y honradamente, de lo que ha hecho, proponiéndose hacer algo mejor el año que viene. ¿Lo ponemos a votación? La aceptación fue unánime, porque cinco dedales de oro se alzaron, mientras cinco frescos rostros sonreían y cinco voces juveniles exclamaban:
-¡Aprobado!
-Muy bien; ahora decidiremos lo que vamos a leer, para empezar en seguida. Creo que las "Prisioneras" es un buen libro y podemos encontrar enseñanzas útiles en él.
Así pues, empezaron a leerlo, y durante una hora una agradable voz fue leyendo en voz alta esas tristes y reales historias de las mujeres que trabajan y de su dura vida, mostrando a las alegres muchachas lo que costaban sus lindos vestidos a las que los hacían, y cuántos sufrimientos, injusticias y desperdicio de fuerzas entraba en ellos. La lectura era grave, pero muy interesante; y las agujas de crochet se movían cada vez con mayor lentitud, la labor de encaje yacía en el regazo de una de las muchachas, y una gruesa lágrima brillaba como una gota de rocío en las flores de manzano, mientras Ella escuchaba la "Historia de Rosa".

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