Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Pasaron por alto las estadísticas y fueron buscando este
o el otro pasaje, conforme le tocaba el turno a cada una de ellas; pero al cabo de dos horas, cuando llegó el momento de levantar la sesión, todas las muchachas estaban profundamente interesadas por el patético libro y más decididas a hacer el bien que antes, porque aquella ojeada a otras vidas les había mostrado cuán necesaria era su ayuda y estaban ansiosas de prestarla.
-No podemos hacer gran cosa, porque no somos más que muchachas -dijo Ana-, pero si cada una de nosotras hace alguna buena obra, por pequeña que sea, eso preparará el camino para algo mejor; así que, por lo menos, podemos intentarlo, aunque -parezcamos hormigas tratando de mover una montaña.
-En África las hormigas construyen hormigueros más altos que la cabeza de un hombre; ¿no recordáis el dibujo que había en nuestras geografías? Y estoy segura de que nosotras podemos hacer otro tanto, si cada una arrastra con fe su pajita o su guijarro. Mañana mismo me encargaré del mío, si mamá me lo permite -replicó Lizzie, cerrando su bolsa de labor como si hubiera metido dentro de ella su resolución y tuviera miedo de que se le evaporara antes de llegar a casa.
-Iré al parque y pregonaré en voz alta:
"-¡Aquí tienen a una joven misionera que busca trabajo! ¡Caridad barata! ¿Quién la compra?, ¿quién la compra?" -dijo Maggie con expresión resignada y un tonillo santurrón y nasal.
-Aguardaré hasta ver si encuentro algo, porque no sé lo que puedo hacer -y Marion miró por la ventana, como si esperara ver algún pobre interesante que la aguardara.
-Le pediré consejo a la señorita Bliss; ella conoce bien a los pobres y me indicará el medio de empezar bien -agregó la prudente Ida, resuelta a no hacer nada precipitadamente, por miedo de fracasar.
-Tendré probablemente una clase de chiquillas sucias, a las que enseñaré a coser, ya que no sé hacer otra cosa. No aprenderán gran cosa, y robarán, romperán, molestarán y serán insoportables, y a mí me entrarán deseos de no hacer nada, al ver cómo las demás se ríen de mí. Aun así, seguiré adelante y sacrificaré mis labores finas a la causa de la virtud -dijo Ella, guardando con cuidado su estuche de guantes de raso y mirando con ternura las delicadas flores que tanto le agradaba bordar.

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