Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

Página 8 de 172

Me dio mucha lástima y me aventuré a hacerle algunas preguntas, en tono amistoso. A Mary le agradó poder hablarme de sus penas; y entonces me enteré que "Ría", como ella llamaba a su hermana, estaba enferma desde hacía mucho tiempo, pero no decía nada por miedo de perder su puesto. En Cotton no permiten que las vendedoras tengan sillas, así que las pobres muchachas se pasan casi todo el día de pie, o descansan de cuando en cuando unos minutos apoyándose en un cajón entreabierto. Había visto hacerlo a María, y me preguntaba por qué alguien no pedía que les dieran asientos, como hacen en otros almacenes, donde las vendedoras tienen sus taburetes. No me atrevía a hablar a los jefes, pero le di a Mary las rosas que llevaba en el pecho y le pregunté si podría llevarle unos libros y unas flores a la pobre María. Me alegró ver cómo se le iluminaba el triste rostro y me daba las gracias cuando fui a verla, porque se sentía muy sola sin su hermana y desconfiaba de conservar su empleo. No lo perdió del todo, pero tenía que trabajar en casa, porque su rodilla enferma tardaría mucho en curarse. Rogué a mamá y a la señora Allingham qué hablaran por ella al señor Cotton; y entonces le dieron los trabajos en azabache y abalorios, los botones que había que forrar y cosas por el estilo. Mary se los lleva a casa y luego los entrega, y María se alegra mucho de no estar ociosa. También le conseguimos taburetes a las demás ven­dedoras del almacén. La señora Allingham, que es rica y bondadosa, se encargó de ello, y ahora da tanto gusto el ver a las pobrecillas descansando cuando no trabajan, que voy allí muchas veces para gozar con el espectáculo.
Ana hizo una pausa, mientras unas exclamaciones de aplauso interrumpían su relato; pero no les había contado lo más hermoso de todo, diciéndoles cómo se iluminaban los rostros que veían a la muchacha que les había demostrado lo que significa las jóvenes vendedoras al verla entrar, y con qué placer ser una verdadera dama.
-Me imagino que eso no será todo -dijo Maggie con vehemencia.
-Queda todavía un poco más. Sé que os reiréis cuando os diga que, durante todo el invierno, una vez por semana, he estado leyendo ensayos a una clase de vendedoras, en la Unión.

Página 8 de 172
 

Paginas:
Grupo de Paginas:           

Compartir:




Diccionario: