Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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y les enseñaba a confiar más en mí. Son orgullosas y tímidas, como debemos ser, pero si una quiere hacerse realmente amiga de ellas, y no le importa que de cuando en cuando la rechacen, entonces, ellas aprenden a querernos y tener confianza en vosotras y se las puede ayudar de tantos modos, que no nos queda ya ni un minuto ocioso. No os daré ningún nombre, porque a ellas no les gusta, ni os diré de qué modo traté de servirlas, pero me alegro mucho y me hace mucho bien el haber encontrado este trabajo y saber que cada año podré irlo haciendo mejor. Así que me siento muy animada y muy contenta de haber empezado, y me figuro que a vosotras os pasará igual. ¿Quién va a hablar ahora?
Cuando Ana terminó, las agujas quedaron ociosas, y diez manecitas suaves aplaudieron cordialmente, porque todas pensaban que lo había hecho muy bien y había elegido una tarea especialmente apropiada para ella, pues Ana tenía dinero, tiempo, tacto y unas maneras atractivas que le conquistaban amigos en todas partes.
Rebosando de alegría por su aprobación, pero pensando que le daban demasiada importancia a su pequeño éxito, Ana las llamó al orden, diciendo. -Me parece que Ella está deseosa de contarnos sus experiencias, así que quizá será mejor que hable la primera.
-¡Que hable! ¡Que hable! -exclamaron las muchachas; y, sin hacerse rogar, Ella comenzó en seguida, con los ojos chispeantes y una modesta sonrisa, porque su historia tenía un final romántico.
-Si les interesan las vendedoras, señora presidenta y señoras, les gustará saber que también lo soy o, por lo menos, socia de una pequeña tienda de novedades del West End.
-¡No! -exclamó a coro el asombrado club; y, contenta con ese comienzo sensacional, Ella prosiguió:
-Sí, lo soy, y muchas de vosotras habéis comprado obras mías. ¿Verdad que es una broma divertida? No me miréis así, porque yo fui la que hice ese alfiletero, y mi socia tejió el nuevo velo de Lizzie. Así fue cómo ocurrió. No deseaba perder tiempo, pero no se puede salir a la calle y detener a las niñitas pobres diciéndoles: "Venid conmigo y os enseñaré a coser", así que pensé que lo mejor era ir a ver a la señora Brown para pre­guntarle cómo debía empezar. Su local de la Asociación de Caridad se encuentra en Laurel Street, no lejos de casa; y aquel mismo día, al salir de nuestra reunión, me dispuse a ir en busca de mi "tarea".

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