Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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"Almiry se despidió de mí sin el menor rastro de su antigua severidad, dándome miles de gracias y prometiéndome escribirme pronto. Eso fue en abril. Hace una semana recibí una breve carta que decía: "Mi querida amiga: Le agradará saber que me he casado con Baxter y voy a quedarme aquí. Estaba fuera cuando llegó el diario con la noticia de la muerte de mi madre, pero me escribió en cuanto volvió a su casa. Yo no podía decidirme hasta que volviera a verle de nuevo. Ahora todo se arregló y somos muy felices. Muchísimas gracias por todo lo que ha hecho por mí y por mi madre. Nunca lo olvidaré. Mi esposo le envía sus saludos y yo le quedo eternamente agradecida. -ALMIRA M. BAXTER".
-¡Espléndido! Lo hiciste muy bien, y el invierno que viene puedes buscarte otra solterona agriada y otra vieja gruñona, para hacerlas felices -dijo Ana, con la sonrisa de aprobación que tanto les encantaba recibir a las demás.
-Mis aventuras no tienen nada de románticas, ni siquiera de interesantes y, sin embargo, he estado muy ocupada durante el invierno y me gustaba mucho mi trabajo ­comenzó a decir Elizabeth, a una señal de la presidenta.
-El plan que había pensado era llevar libros y diarios a los enfermos de los hospitales, como hace desde muchos años una amiga de mamá. Una vez fui con ella al Hospital Municipal, y me pareció muy interesante, pero no me atreví a ir sola a visitar personas mayores, así que elegí el Hospital de Niños y bien pronto me encantó el ayudar a divertir a los pobrecillos. Les llevé todos los libros de dibujos y todas las revistas que pude encontrar, les vestía muñecas, les arreglaba juguetes y les compraba otros nuevos, les hacía camisones y baberos, y me sentía como la madre de una gran familia.
-Tenía, como es natural, mis preferidos, y me esforzaba por complacerles, leyéndoles, cantándoles y divirtiéndoles, porque algunos de ellos sufrían mucho. Una niñita estaba tan horriblemente quemada que no podía emplear las manos y se pasaba las horas enteras mirando la alegre muñeca atada a uno de los postes de la cama, y hablaba con ella y la quería, y murió teniéndola en la almohada, mientras yo le cantaba una canción de cuna por última vez. Conservo la muñeca entre mis tesoros, porque la pequeña Norah me enseñó una lección de paciencia que nunca olvidaré.

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