Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Cuando le pregunté a papá, un día que estábamos solos, si mamá estaba realmente mejor y no había ya peligro de que volviera a caer enferma, me echó los brazos al cuello y me dijo, dándome un tierno beso:
"-No, ahora no corre peligro, porque mi valiente hijita le prestó una ayuda tan espléndida, que tu querida madre se sintió aliviada de sus preocupaciones en el momento en que más lo necesitaba, y ahora puede descansar tranquila y segura de que no nos descuidas. No podrías haber hecho una obra de caridad mejor, y difícilmente podrías haberlo hecho con más dulzura, querida. ¡Que Dios te bendiga!"
Al llegar a este punto, la voz de Maggie se quebró y ocultó la cara, lanzando un sollozo de felicidad que terminaba con toda elocuencia su historia. Marion corrió hacia ella para enjugarle las lágrimas con un calcetín azul, las otras murmuraron frases de simpatía, porque todas estaban muy conmovidas; ante sus ojos aparecían los deberes que habían olvidado de cumplir, y muchas de ellas resolvieron dedicarse a ellos cuanto antes, al ver cuán grande había sido la recompensa de Maggie.
-No quería mostrarme tan tonta; pero sí quería que supierais que no había estado ociosa durante el invierno y que, aunque no tengo gran cosa que contar, estoy muy satisfecha de mi labor -dijo Maggie, alzando los ojos y sonriendo en medid de sus lágrimas hasta que su rostro se asemejó a una rosa bajo la lluvia.
-Muchas de mis hijas han hecho buenas obras, pero la tuya es la más excelsa de todas ­le replicó Ana, con un beso que terminó de llenarla de satisfacción.
-Bien; como ha pasado la hora de levantar la sesión, debemos despedirnos -prosiguió la presidenta, sacando de un lugar donde lo tenía oculto un cesto de flores-. Me limitaré a deciros que pienso que todas hemos aprendido mucho, y podremos trabajar aún mejor el próximo invierno; porque estoy segura de que querréis probarlo de nuevo, ya que el suavizar un poco las vidas duras dé los pobres, le da tanta dulzura a las nuestras. Como regalo de despedida, he mandado traer unas cuantas rosas de Plymouth y aquí tenéis un ramo para cada una de vosotras, con todo mi cariño y mi agradecimiento por haberme ayudado a realizar de modo tan maravilloso mi plan.
Así que después de entregar los ramilletes, de charlar unos momentos animadamente, de sugerir nuevos planes y decirse adiós, los miembros del club se separaron, y cada una de ellas se fue alegremente con su ramo de rosas en el pecho y, dentro de él, un conocimiento más claro de la parte dura de la vida, un nuevo deseo de saber y ayudar más aún, y una dulce satisfacción al pensar que cada una de ellas había hecho lo que había podido.

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