Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Cuando estuvo lista -y no tardó mucho en ponerse su traje de lana blanca, en cepillarse sus cabellos negros y rizados, y envolver guantes y zapatillas- se miró al espejo. Advirtió que era muy bonita, con sus ojos grandes, frescas mejillas, y aquel aire altivo que nada podía alterar. También con dolor se dio cuenta de que su viejo traje no la favorecía, sin cintas ni flores, para darle la nota de color que necesitaba. Tenía un sentido artístico, y hallaba gran deleite en encargarse trajes encantadores en las felices épocas en que todos sus deseos eran cumplidos, como si viviera en un reino de hadas. Examinó en vano su pequeño almacén de cintas, pues todas ellas habían perdido su belleza y frescura.
-¡Oh! ¿Dónde voy a encontrar algo que me quite este aspecto monjil? ¡Y pobre, a la vez! -dijo con pena, pues sus corales habían sido vendidos hacía mucho para pagar la cuenta del médico de Laura.
Un sonido leve la sobresaltó, y corrió a abrir la puerta. No halló más que a Laura, dormida sobre un sofá. El sonido se repitió: ¡tap, tap, tap! Parecía venir de la ventana. Jessie miró hacia allí, esperando que su paloma mansa viniera para que le diese de comer. Pero no apareció ninguna paloma hambrienta ni ningún gorrión audaz; no había más que una rama de hiedra que ondeaba a impulsos de la brisa. Era una rama muy linda, cubierta de diminutas hojitas rojas; y golpeaba con impaciencia, como si respondiese a la pregunta de Jessie, diciendo: "¡Aquí tienes tu guirnalda; ven por ella!".
La mirada de Jessie se sintió atraída por el hermoso color, y corriendo a la ventana, miró con avidez, pues le había asaltado una nueva idea. Era un triste día de noviembre y el panorama de galpones, cubos y escobas no era muy vivificador. Pero la parte trasera de la casa resplandecía con los rojos zarcillos de la planta trepadora, que cubría con un manto real el sucio muro, como si tratara de regalar los ojos de todos los que miraran. Parecía predicar el valor, la aspiración y el contento a todos los que fuesen capaces de leer su mensaje, haciéndoles ver cómo, surgiendo del suelo del patio lleno de los objetos más humildes y comunes, extendía sus ramas por todas las grietas de la pared, en busca de sol y de aire, hasta hacerse fuertes y lindas, pintando la pared de verde en el verano, haciéndola gloriosa durante el otoño, y un refugio en el invierno, cuando anidaban en ella las golondrinas, buscando las ramas donde daba más el sol.

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