Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Jessie amaba aquella hermosa compañía, y la había disfrutado durante todo el verano, el primero que había pasado en la cálida ciudad. Sentía la gracia que prestaba a todos los lugares donde tocaba su verdor, e inconscientemente trataba de ser valiente y brillante, al subir a su habitación, donde parecía estar apartada de todo lo hermoso, hasta que comenzó a descubrir que el cielo azul estaba sobre todos, que el sol brillaba aún para ella, y el aire puro acariciaba sus mejillas con tanto cariño como siempre. Muchas noches se había asomado a la alta ventana, mientras Laura dormía, soñando inocentes sueños, recordando el pasado y mirando el futuro con confianza y valor. La hiedra había sentido caer sobre sus ramas gotas más cálidas que la lluvia o el rocío, cuando las cosas marchaban mal, y oído murmurar plegarias cuando la niña abandonada rogaba al Padre de los huérfanos, pidiéndole ayuda y consuelo, se había asomado para verla dormir tranquilamente una vez terminada la labor del día, y la había saludado con un golpecito en la ventana, cuando se despertaba llena de esperanzas por la mañana. Parecía conocer todos sus estados de espíritu y todas sus preocupaciones, ser su amiga y confidente, y ahora venía como un hada madrina, cuando nuestra Cenicienta quería estar linda para el baile.
-¡Precisamente eso! ¿Cómo no lo pensé? ¡Tan lindo, delicado y favorecedor! Durará más que las flores; y nadie pensará que soy derrochona, ya que no me cuesta nada.
Mientras hablaba, Jessie reunía las ramas de hiedra, con sus brillantes hojas, tan hermosamente sombreadas que era evidente que la helada había hecho cuanto podía. Yendo a mirarse al espejo, se colocó una guirnalda hecha con las hojas más pequeñas; un grupo de las más grandes, en el pecho, y luego se contempló con juvenil placer; pues él efecto de la decoración era sencillamente encantador. Satisfecha, entonces, ató su velo y salió sin despertar a Laura, sintiendo qué las hojas de hiedra habían de darles suerte a las dos.
Halló a los niños dando saltos, impacientes por comenzar el ballet, excitados por la música, la luz y los alegres vestidos que hacían de aquello un verdadero baile. Todos saludaron a Jessie calurosamente, y la muchacha pronto olvidó las zapatillas baratas, los guantes remendados y el traje viejo, mientras dirigía el baile infantil con tal gracia y habilidad, que las admiradas mamás declararon que era lo mejor que habían visto.

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