Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-¿Son difíciles de hallar los modelos? -preguntó Jessie, que tomaba su helado con el placer de una muchacha que no lo prueba con frecuencia.
-Lo que busco sí es difícil de hallar. Puedo encontrar muchas niñas pobres, pero deseo un rostro orgulloso y refinado; y eso no suele encontrarse en los modelos usuales. Me va a ser muy difícil, pues tengo prisa, y no sé dónde buscar... -la última frase no era sincera, pues el espejo le mostraba exactamente lo que él quería.
Jessie parecía tan interesada, que el artista comprendió que había empezado bien, y dio un paso adelante, mientras le ofrecía más pastel.
-Ayudo a "Mademoiselle" en sus clases, y ella tiene alumnas de todas las edades; quizá encuentre a alguien allí.
-Es mucha amabilidad de su parte; pero lo malo es que temo que ninguna de ellas quiera posar, si se lo pido. Le confesaré que he visto un rostro que me satisface plenamente, pero creo que no voy a poder obtenerlo. Déme su consejo, por favor. ¿Cree que la linda muchacha se ofenderá si se lo solicito con el mayor de los respetos?
-No, claro que no; creo que se sentirá orgullosa de ayudarlo en sus pinturas. Mi hermana las halla encantadoras, y conservamos una cuando tuvimos que vender el resto ­dijo Jessie, con franqueza.
-Ése es un hermoso cumplido, y me siento muy orgulloso. Hágaselo saber así a su hermana, dándole saludos de mi parte. ¿Cuál era el cuadro?
-Una cabeza de mujer, ésa que tiene la expresión dulce y triste y que la gente llama "La Madonna". Nosotros la llamamos "Madre", y la queremos mucho, porque Laura dice que se parece a nuestra madre. Yo no la conocí, pero Laura recuerda muy bien su rostro.
Jessie bajó los ojos, como tratando de ocultar sus lágrimas; y el señor Vane agregó con una voz que demostraba que comprendía y compartía sus sentimientos:
-Me alegro de que una obra mía les haya servido de consuelo. Pensaba en mi madre cuando pinté ese cuadro, hace años; por tanto lo interpretaron bien y supieron darle un buen nombre. Ahora volvamos a la otra cabeza; ¿cree que debo atreverme a proponérselo a su poseedora?
-¿Por qué no? Sería muy tonta si se negase.
-Entonces, ¿usted no se ofendería si se lo pidiese?
-Nada de eso. He posado varias veces para Laura, y ella dice que lo hago muy bien.

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