Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Pero sólo pinta cosas sencillas.
-Eso es lo que deseo hacer. ¿Quiere solicitarlo por mí a esa muchacha? ¿Está detrás de usted?
Jessie se volvió, sobresaltada, preguntándose quién habría entrado; pero lo único que vio fue su imagen reflejada en el espejo y la del señor Vane que le sonreía. -¿Se refiere a mí? -dijo con una mezcla de sorpresa, complacencia y timidez, y un rubor que la embellecía aún más.
-Ciertamente. La señora Murray creyó que mi ruego la ofendería; pero se me ocurrió que usted accedería. Lleva una guirnalda tan linda y parece tan interesada por la pintura... -No es más que un poco de hiedra, pero tan linda, que me la coloqué, pues no tenía otra cosa -dijo la muchacha, alegre de que su sencillo adorno fuese del agrado de él.
-Es muy artística, y al instante atrajo mi atención. Me dije; "Ésa es la cabeza que busco; tengo que asegurármela inmediatamente". ¿Es posible? -añadió sonriendo persuasivamente, al juzgar lo franca e inteligente que era la muchacha con quien tenía que tratar.
-Con mucho gusto, si Laura no se opone. Se lo diré, y si ella es gustosa, me enorgullecerá lucir mi guirnalda en un cuadro famoso -repuso Jessie, llena de inocente alegría al verse honrada con la idea de que ofrecía un lindo espectáculo.
-Mil gracias. Ahora puedo jactarme ante la señora Murray y preparar mis paletas y pinceles. ¿Cuándo podemos empezar? Como su hermana es inválida y no puede venir a mi estudio con usted, ¿podría hacer el boceto en casa de ustedes? -preguntó el señor Vane, tan complacido con su triunfo como sólo puede estarlo un artista sincero.
-¿Le habló de nosotros la señora Murray? -preguntó rápidamente Jessie, dejando de sonreír y haciendo que su rostro tomase una expresión de orgullo, pues estaba segura de que conocía sus desgracias, ya que había hablado de la salud de la pobre Laura.
-Un poco -comenzó su nuevo amigo, lanzándole una mirada de simpatía.
-Sé que a las modelos se les paga; ¿me lo propuso al saber que yo era pobre? ­preguntó Jessie, con un ceño irrefrenable, y lanzando una mirada, por tercera vez, al vestido limpio y a los remendados guantes.
El señor Vane comprendió lo que atormentaba a la sensible joven, y le contestó del .modo más amable.
-Jamás pensé en semejante cosa. Deseaba que usted me ayudara porque me falta lo que más anhelan los artistas: verdadera gracia y belleza.

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