Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Esperaba que me permitiese darle a su hermana una copia del boceto, como gratitud por su amabilidad.
El ceño desvanecióse y la sonrisa retornó cuando la suave respuesta disipó la cólera de Jessie, y le hizo apresurarse a responder:
-Fuí ruda; pero aún no he aprendido a ser humilde, y con frecuencia olvido que soy pobre. Por favor, venga a vernos cuando lo desee. A Laura le encantará verlo trabajar y le agradará todo lo que le dé. A mí me sucederá lo mismo, aunque no lo merezco
-No la castigaré pintando ese ceño que me ha asustado hace un momento, sino que haré todo lo posible por trasladar al lienzo su cara alegre, amontonando de este modo carbones encendidos sobre su cabeza. No serán más ardientes que esas lindas hojas rojas que me han dado esta suerte -repuso el artista, al ver que la paz estaba hecha.
-¡Y me alegro de haberla llevado! -Y tomó si tratara de hacerle olvidar su arrebato, Jessie le habló de la hiedra, y de cuánto ella la amaba, revelando inconscientemente su patética historia y aumentando el interés que él sentía por la joven.
Los niños volvieron, revoltosos, y Jessie tuvo que dirigirlos nuevamente. Pero entonces su corazón estaba tan ligero como sus talones; pues tenía algo agradable en que pensar: una esperanza de ayudar a Laura, y el recuerdo de palabras amables para hacer más fáciles los duros deberes. El señor Vane se retiró en seguida, prometiendo volver al día siguiente; y a las ocho en punto, Jessie corrió a su casa para darle a su hermana la buena noticia, y arreglar la linda corona que tan bien le había servido.
Con el instinto de la juventud, . comprendió que iba a sucederles algo bueno, y comenzó a construir castillos en el aire para ella y para su hermana; Laura se tornaría una mujer sana y una gran artista. Ella, Jessie, ganaría el dinero suficiente para pasar un mes en la playa, que tanto convenía a los débiles músculos y nervios de Laura. Acariciaba la idea de ser bailarina, ya que el baile le encantaba, pero todos se oponían a la idea, y su naturaleza refinada le decía que aquélla no era vida para una joven. La petición del señor Vane significaba una espléndida esperanza; y después de enfadarse con él, por creer que insinuaba que ella era modelo, trató bruscamente de probar aquello, con la encantadora inconsecuencia propia de su sexo.

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