Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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¿Vas a venir, Jessie? Te pagaré con mucho gusto, si ello no te ofende. No me agrada que se rían de mí, y sé que si alguien me enseña sola, estaré tan bien como las demás, pues el profesor Ludwig se mete con todas nosotras:
Fanny parecía estar en un apuro tal, y Jessie simpatizaba tanto con ella, que no pudo negarse a su ruego, que halagaba su vanidad y la tentaba con la perspectiva de añadir más dinero al fondo de su hermana, como Jessie llamaba a sus ahorros. Por tanto, consintió graciosamente, y después de unas cuantas laboriosas lecciones, tuvo tanto éxito, que su agradecida discípula propuso a otras de sus torpes compañeras que invitasen a Jessie a los ensayos privados que se celebraban en diversas casas, al irse aproximando las fiestas.
Algunas de aquellas jóvenes conocían a Jessie Delano, la habían echado de menos y se congratulaban de tenerla nuevamente entre ellas cuando, después de hacer grandes esfuerzos para persuadirla, la muchacha consintió en ayudarlas en las difíciles figuras de la czarda. Una vez en medio de ellas, Jessie se sintió en su elemento, y adiestró tan bienal torpe, escuadrón, que el profesor Ludwig las felicitó por sus adelantos y no volvió a enfadarse con ellas, con gran deleite de las tímidas damiselas, que perdían el tino cuando el profesor gritaba y se retorcía las manos al observar sus errores. Los muchachos también necesitaban ayuda, pues muchos de ellos parecían saltamontes galvanizados cuando trataban de mover sus largas piernas o sus torpes codos. Jessie bailó de buena gana con ellos, y les enseñó cómo debían moverse, con gracia y con ánimo, manejando a sus parejas, no como muñecas, sino como campesinas húngaras, con las cuales sus marciales compatriotas se divertían en la feria. Aquellas reuniones resultaban muy alegres; y todos disfrutaban con ellas, como siempre les ocurre a los jóvenes, ya se trate de cosas alegres, dramáticas o sociales. Todos pensaban en la brillante Kermesse de que se hacía lenguas la ciudad, y a la cual todos pensaban asistir, ya como actores o espectadores. Jessie sentía tentaciones de gastar tres de sus queridos dólares en una entrada, y quizá lo habría hecho si hubiese tenido alguien que la acompañase. Laura no podía ir y el señor Vano se hallaba fuera; no apareció ningún otro amigo, ni nadie recordó invitarla, por lo cual la muchacha ocultó valientemente su anhelo juvenil, disfrutando todo lo que podía con los ensayos.

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