Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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No hubo modo de convencerla para que se quedase a cenar; y cuando al final pudo partir, después que Fanny le hubo dado las gracias, la agradecida joven volvió a sus planes, mientras sus invitados desafiaban sus digestiones con langosta, ensalada, helado y café fuerte.
Sintiéndose más que nunca como una Cenicienta, al salir a la noche invernal, dejando detrás de ella todas aquellas buenas cosas, Jessie permanecía de pie en una esquina, esperando un vehículo, con las viejas zapatillas bajo el brazo, los ojos llenos de lágrimas, y el corazón lleno de resentimiento ante su suerte injusta. Los recuerdos de su cómoda y lujosa existencia anterior, despertados por aquellos ensayos, le hacían doblemente penosa su actual existencia, y por la noche le parecía que no iba a poder continuar así. Deseaba con todo su anhelo juvenil ir a la Kermesse, y nadie la había invitado. Y no podía ir sola, aunque cediese a la tentación de gastar dinero en una entrada. Laura tendría que alquilar un coche, si se aventuraba a ir; por tanto era imposible, pues seis o siete dólares eran una fortuna para aquellas pobres muchachas. El haber sido una de las felices jóvenes, que habían de tomar parte en la Kermesse, el bailar sobre la hierba con un lindo vestido, a la música de una buena orquesta, el ver y disfrutar todas las delicias de aquellas dos noches encantadoras habría llenado de deleite a Jessie. Pero como pedir aquello era igual que pedir la luna, la muchacha trató de consolarse, con la imaginación, mientras regresaba a su casa en medio de una tormenta de nieve, y se dormía a fuerza de llorar, después de hacer a Laura una animada pintura del ensayo, omitiendo la catástrofe.
A la mañana siguiente, al brillar el sol, las esperanzas renacieron, y mientras se vestía, Jessie cantaba para mantener su corazón en paz, esperando que alguien se acordara de ella, antes de que finalizase el día. Al abrir la ventana, las golondrinas la saludaron con sus trinos, y el sol convirtió la hiedra nevada en una red brillante, que como un encaje cubría la sucia pared. Jessie sonrió al verlo, mientras aspiraba profundamente el aire fino, sintiéndose animada por aquellos consuelos familiares; luego, lanzando una valiente mirada al cielo azul, salió a realizar sus quehaceres diarios, sin pensar en las agradables sorpresas, que la aguardaban como recompensa a los pequeños sacrificios, que le estaban enseñando fuerza, paciencia y valor para las pruebas más duras.

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