Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-Lo fue, evidentemente; pero ¿sabes que esa gente eran lord Cumberland y su familia? El guía me lo dijo después. No creí que se trataba de gente importante al verlos vestidos con esa sencillez, ¿y tú?
-Comprendí que era gente fina por sus modales y su conversación; ¿esperabas que viajasen con coronas y mantos de armiño? -repuso Jenny, riendo.
-No soy tan necia. Pero me alegro de haberlos conocido.
porque así le hablaré de ello a los Sibley. Ellos dan tanta importancia a los títulos y se jactan de conocer a lady Watts Barclay, cuyo marido es solamente un cervecero ennoblecido. Voy a comprarme un "plaid" como la de la hija del lord y a mostrársela a esas chicas; ¡presumen de tal manera porque han estado antes en Europa!.. .
Jenny quedó pronto absorta en sus libros; por tanto, Ethel se fue junto a una ventana, con un periódico ilustrado de Londres, donde figuraban muchas personas de la familia real, y durante una hora reinó el silencio. Ninguna de las muchachas había visto cómo de vez en cuando las gafas del profesor se alzaban de su libro para mirarlas; tampoco lo vieron sonreír, mientras tomaba apuntes, ni adivinaron lo complicado que estaba ante la admiración juvenil que Jenny sentía por su sencilla pero excelente esposa. Esta fue una de las pequeñeces que contribuyó a formar su opinión de las dos muchachas, y, con el tiempo, a sugerirle un plan que terminó con gran regocijo de una de ellas.
-Ahora comienza la verdadera diversión y yo estaré perfectamente alegre -exclamó Ethel, mientras recorrían en coche las calles de Londres, dirigiéndose hacia el lúgubre Hotel Langham, favorito de los americanos.
Los ojos de Jenny también lanzaban chispas, y parecía que estaba preparada para las nuevas escenas y emociones que la vieja ciudad les prometía, aunque tenía sus dudas de que hubiese algo más delicioso que Escocia.
Los Sibley estaban en el hotel, y las damas de ambas partes comenzaron en seguida una serie de compras y de visitas a los lugares famosos, mientras los caballeros se ocupaban de asuntos de mayor importancia. Joe fue el encargado de acompañar a las señoras; y el pobre muchacho pasaba muy malos ratos siguiendo a siete damas durante el día y metiéndolas en coches por las noches, para ir a los teatros y conciertos a que decidían concurrir a pesar del calor y del cansancio.

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