Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Le preocupaba el pensar que algún ser humano se contentase con aquella mezquina parte de las buenas cosas de la vida, cuando ella estaba descontenta a pesar de los bienes de que disfrutaba. No podía comprenderlo y se durmió deseando que todo el mundo estuviese cómodo, pues era muy desagradable ver a la gente trabajando en cocinas, enseñando en escuelas frías y usando feos trajes de percal.
Una o dos semanas de vida de campo y el buen aire de la montaña operaron maravillas con la enferma, y todos se regocijaron al ver que las pálidas mejillas de Emily se redondeaban y se ponían rosadas, que los lánguidos ojos se animaban y que la débil criatura, que acostumbraba a pasar el tiempo tendida en un sofá, salía a dar paseos, deseosa de explorar los hermosos lugares y los rincones que había entre las colinas. Su madre bendecía a la señora Taylor por haber hallado aquel lugar encantador. Las maestras cansadas que se hospedaban en la granja se congratulaban también de la mejoría diaria que experimentaban; y Becky estaba encantada de los maravillosos efectos de su aire natal, ayudados por la buena cocina de su madre y la amable sociedad de los niños, a los cuales la buena muchacha consideraba los más encantadores del mundo.
Emily se sentía la reina de aquel pequeño reino, y todos la miraban como tal, pues al recuperar la salud fue perdiendo su impaciencia, y al vivir con gentes sencillas olvidó sus vanidades, volviéndose amable con todos los que la rodeaban. Los niños la consideraban una especie de hada buena, que podía conceder sus deseos con mágica facilidad, cosa que probaban los diversos regalos que les había hecho. Los muchachos eran sus devotos esclavos, siempre dispuestos a que les enviasen a algún encargo, a llevarla en coche a cualquier hora, o a escuchar con mudo deleite cuando cantaba acompañándose con la guitarra, a eso del anochecer.
Pero para Becky era una verdadera bendición del cielo y. un consuelo, pues antes de que hubiese transcurrido el primer mes eran realmente amigas, y Emily hizo un descubrimiento que llenó su cabeza de brillantes planes acerca del futuro dé Becky, a pesar de las advertencias de su madre y de la resistencia que la sensata muchacha sentía a dejarse deslumbrar por los sueños y las profecías entusiásticas.
Sucedió del modo siguiente: Unas tres semanas después del encuentro de ambas muchachas, Emily se fue una noche a su punto de cita favorito: el cenador que Becky tenía entre los laureles.

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