Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-¡Oh, mamá! -exclamó Emily, considerando crueldad el cortar de aquella manera sus nacientes esperanzas.
-Sé que ahora no me creerás, ni comprenderás lo que quiero decir, pero el tiempo os enseñará a ambas a confesar que tengo razón y a valorar más la sustancia que la sombra ­prosiguió la señora Spenser-. Muchas muchachas escriben versos y se creen que son poetisas; pero es sólo una manía pasajera y, afortunadamente para el mundo, y también para ellas, pronto pasa, y se convierte en alguna pasión o algún trabajo genuino. Hay muy pocas que tengan un verdadero don, y las que lo poseen tienen que aguardar y llegar lentamente a la cumbre de sus talentos. Otras muchas se engañan y tratan de convencer al mundo de que pueden hacer versos; pero es una pérdida de tiempo que generalmente acaba en decepción, como prueba claramente la masa de sentimentalismos que todos vemos. Escribe tus versitos; querida, cuando sientas deseos de ello; es un placer inofensivo, un consuelo verdadero y una buena lección para ti; pero no descuides deberes más elevados ni te engañes con falsas esperanzas ni vanos sueños. "Primero vive, luego escribe", es un buen lema para los jóvenes ambiciosos. Para todos nosotros hay algo mejor: "Haz el deber que tengas más cercano", y el fiel cumplimiento de ello, por humilde que sea, será la mejor ayuda para cualquier talento oculto en nuestro interior y pronto a florecer llegada la ocasión. Recuerda esto, no dejes que las necias y entusiásticas profecías de mi hija te turben y te incapaciten para el noble trabajo que realizas.
-¡Muchas gracias, señora! Lo tendré en cuenta; sé que tiene razón, y no me dejaré tentar por locas ideas. Nunca había imaginado antes que fuese poetisa; pero me parecía espléndido, y pensé que podía ocurrirme a mí como les ocurre a otras personas. No pensaré más en ello sino que proseguiré mi labor alegremente.
Mientras escuchaba, el rostro de Becky se había puesto pálido y serio, incluso un poco triste; pero al responder sus ojos brillaban, sus labios se mantenían firmes y su rostro vulgar lucía casi hermoso con el valor y la confianza que sentía en su interior. Veía lo sabio del consejo de su amiga, sentía la amabilidad de demostrarle bondadosamente su error y se lo agradecía, consciente en lo profundo de su fuerte y amante corazón de que era mejor vivir y trabajar por los otros, que el soñar y luchar sólo por una misma.

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