Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-¡Ya veremos! -y Emily asintió, prudentemente.
-¡Cierto! -y Becky hizo una decidida inclinación de cabeza, y continuó subiendo la colina junto a la señora Spenser, mientras Emily marchaba lentamente detrás, apartando todas las piedras que encontraba, sin pensar en sus delicados zapatitos, absorta en la nueva y encantadora idea de seguir en cierto modo el ejemplo de la señora Taylor.
Una semana más tarde, llegó la última noche, y en el momento en que se separaban para acostarse, entró uno de los muchachos trayendo la noticia de que estaban en el pueblo los inspectores del ferrocarril, hablando dé la gran empresa y de que la fortuna del lugar era un hecho.
En la vieja granja hubo gran alegría, los muchachos daban vivas, las muchachas bailaban, las dos madres lloraron al estrecharse la mano, y Emily abrazó a Becky, exclamando con ternura:
-Querida, ahora tienes una gran piedra fuera de tu sendero, y libre al fin el camino de la fortuna; pues pediré a todos mis amigos que compren tu manteca, tus huevos, tu fruta, tus cerdos y todo lo que envíes por ese bendito ferrocarril.
-Un barrilito de nuestra mejor manteca de invierno sale mañana por la diligencia, y cuando tengamos manzanas, no necesitaremos un tren para enviártelas, querida -repuso Becky, estrechando entre sus brazos a la delicada criatura, con una expresión y un gesto mitad fraternal mitad maternal, completamente cariñosos y agradecidos.
Cuando Emily se fue a su cuarto, halló que la manteca y las manzanas no eran los únicos recuerdos en pago de los muchos regalos hechos a toda la familia.
Sobre la mesa, con una linda cubierta de corteza de abeto, estaban varios de los mejores poemas de Becky, primorosamente copiados, pues Emily había expresado el deseo de tenerlos en su poder; y en torno al rústico volumen, como un anillo de oro rojo, estaba una de las trenzas de Becky atada con la cinta azul, que había tenido que ir a comprar a cuatro millas de distancia para que su regalo resultase lo mejor posible. Claro que hubo nuevos abrazos y besos; gracias y palabras amables, antes de que Emily se durmiese al fin, planeando enviar para Navidad una caja llena de los objetos que desease la familia entera, si conseguía averiguarlos.
A la mañana siguiente se separaron; pero aquéllas no eran simples amigas de verano, y no dejaron de verse, a pesar de lo apartado de sus caminos.

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