Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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A decir verdad, casi se enorgullecía de sus "escapadas" y le gustaba deslumbrar a las chicas con gráficos relatos de sus triunfos con preceptores enfurecidos, dignísimos profesores y enemigos vencidos. Los "hombres de mi clase" eran héroes a los ojos de las chicas, que nunca se cansaban de las proezas de "nuestros tipos", permitiéndole a menudo regodearse con las sonrisas de esos superhombres cuando Laurie los traía a quedarse en su casa.
La que más disfrutaba de este alto honor era naturalmente Amy, quien llegó a ser la "niña bonita" del grupo, ya que la señorita aprendió bien pronto a darse cuenta del don de fascinación de que estaba bien dotada. Meg hallábase demasiado absorbida por su muy particular y especialísimo Juan como para ocuparse de ningún otro señor de la creación y Beth era demasiado tímida para animarse a hacer otra cosa que echarles una mirada y maravillarse de que Amy se atreviese a darles órdenes y mandarlos de aquí para allá; en cuanto a Jo, estaba con ellos en su elemento y le era muy difícil refrenarse y no imitar sus modales, sus actitudes varoniles, sus frases y sus hazañas, todo lo cual le parecía a ella más natural que las decorosas actitudes prescriptas para las señoritas. A todos ellos gustaba Jo muchísimo, pero ninguno se enamoró de ella, mientras que fueron pocos los que pudieron escaparse de pagar el tributo de un suspiro sentimental ante el altar de Amy.
Hablando de cosas sentimentales, tenemos que dirigirnos, con toda naturalidad, al "Palomar".
Así se llamaba la casita de color pardo que el seña Brooke había preparado como primer hogar de Meg. Así la había bautizado Laurie, encontrando ese nombre muy apropiado a los gentiles enamorados que "andaban juntos como un casal de palomos". Era una casita minúscula, con un jardincillo al fondo y un pradito de césped al frente poco más grande que un pañuelo. Ahí quería Meg tener con el tiempo una fuente, macetos de arbustos y gran profusión de hermosas flores, aunque por ahora la fuente estuviese representada por un jarrón cachado que se parecía muchísimo a una palangana desgastada, los arbustos por unos alerces enclenques y la profusión de flores reducida a un regimiento de palitos para mostrar el sitio donde se habían plantado las semillas. Adentro, sin embargo, todo era un encanto y la novia feliz no encontraba falta alguna del altillo a la bodega.

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