Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-He aquí un gusto muy femenino que me complace mucho ver en ti como ama de casa. Yo tenía una amiga joven que comenzó su vida de hogar con seis sábanas, pero en cambio tenía bol para la fruta para cuando tuviese visitas, y eso la satisfacía plenamente -observó la señora de March pasando la mano por los manteles de damasco.
-Lo que soy yo, no tengo un solo bol para la fruta, pero este ajuar, según Ana, me durará por el resto de mis días.
-Ahí viene "Don Descubrimiento" -anunció Jo desde abajo; y todas bajaron a saludar a Laurie, cuyas visitas semanales eran un acontecimiento importante en sus sencillas vidas.
Un fornido muchacho alto, de hombros anchos, pelo cortado al rape, una palangana de fieltro por sombrero y saco muy suelto venía por el camino a gran velocidad, saltaba el cerco sin pararse a abrir la verja, y se dirigía derecho a la señora de March con ambas manos exten­didas y un cordial saludo:
-¡Aquí estoy, madre! ¡Todo bien!...
La última frase correspondía a la mirada que le había dirigido la señora, mirada bondadosa e inquisitiva, que los hermosos ojos del muchacho enfrentaron con tanta franqueza que la pequeña ceremonia terminó, como de costumbre, con un beso maternal.
-Para la señora de Brooke, con las felicitaciones del fabricante. ¡Dios te bendiga, Beth querida! ... ¡Qué espectáculo reconfortante eres, Jo! ... Amy, te estás poniendo demasiado bonita para una sola persona...
Mientras hablaba, Laurie entregaba un paquete a Meg, tiraba del moño del pelo de Beth, fijaba la vista en el delantal de Jo y caía en burlona actitud de éxtasis ante Amy. Luego estrechó la mano a todo el mundo y comenzaron a hablar.
-¿Dónde está Juan? -preguntó inquieta Meg.
-Se detuvo a buscar la licencia para mañana, señora mía.
-¿Quién ganó el último partido? -preguntó Jo, que persistía en interesarse por los deportes varoniles, pese a sus diecinueve años.
-Nosotros, naturalmente. ¡Ojalá hubieras estado allí para verlo!...
-¿Cómo está la bella señorita de Randal? -preguntó Amy.
-Más cruel que nunca. ¿No ven cómo me estoy quedando en los huesos? -respondió Laurie con una sonora palmada en el ancho pecho y un melodramático suspiro.
-¿Cuál es la última broma? Abre el paquete y veámoslo, Meg -dijo Beth espiando curiosamente el abultado envoltorio.

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