Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-Es algo muy útil para tener en la casa en caso de incendio o de robo -apuntó Laurie al aparecer a la vista una matraca de sereno, que recibieron con grandes risas las cuatro chicas.
-Cualquier día que Juan no esté en casa y doña Meg se asuste no tiene más que agitar esto sacándolo por la ventana y en un periquete se despertará todo el vecindario. Lindo ¿no? ­añadió el pícaro muchacho dando una muestra del poderoso despertador. Todos se taparon los oídos.
-¡Vaya manera de agradecerle a uno!.. Y hablando de agradecimiento: bien le puedes agradecer a Ana haber salvado tu torta de bodas de la destrucción, pues la traían cuando ya entraba, y si ella no la hubiese defendido con tanta valentía le hubiera picoteado con toda seguridad, pues parecía formidable.
-¡Cuándo crecerás, Laurie!... -observó Meg con tono de matrona.
-Hago lo posible, señora, pero no creo que pueda adquirir más estatura, pues 1,90 metro es todo lo que se puede pretender en esta época de decadencia -respondió el caballero, cuya cabeza llegaba casi a la araña de la sala.
-Me imagino que sería una profanación comer en esta flamante tacita de plata, así que como tengo un hambre imponente propongo un traslado -añadió poco después.
-Mamá y yo vamos a esperar a Juan, pues todavía quedan unas últimas cosas por resolver contestó Meg retirándose muy atareada.
-Beth y yo nos vamos a casa de Kitty Bryant a buscar más flores para mañana -agregó Amy probando el efecto de un sombrero muy pintoresco sobre sus rizos igualmente graciosos y disfrutando del resultado como todos los demás.
-Vamos, Jo, no abandones a este pobre individuo. Estoy en tal estado de agotamiento que me es imposible llegar a casa sin ayuda. No te saques ese delantal por nada del mundo: es estupendamente sentador -le dijo Laurie al quitarse Jo el delantal, que era especial aversión de Laurie. ofreciéndole al muchacho el brazo para guiar sus débiles pasos.
-Bueno. Teddy, ahora tenemos que hablar muy seriamente de mañana -comenzó a decir Jo al salir juntos caminando-. Tienes que prometerme que no harás ninguna diablura que eche a perder nuestros proyectos.
-Ni una sola diablura... ¡Prometido!
-Y no digas disparates divertidos cuando corresponda estar serio.
-Yo nunca hago eso... Tú eres buena para esas cosas.
-Y te imploro que no me mires durante la ceremonia, pues con toda seguridad soltaré la risa.

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