Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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-¡Válgame Dios!... ¿Qué significa este estado de cosas? -exclamó la anciana señora ubicándose en el asiento de honor preparado para ella y arreglando los pliegues de su traje de moaré lila con gran crujido de sedas-. ¡No te debías haber dejado ver hasta el último momento, criatura!...
-No soy ningún espectáculo, tiíta, y nadie viene a mirame ni a criticar mi vestido ni a calcular lo que costó el "buffet". Soy demasiado feliz para estarme preocupando de lo que nadie diga o piense, así que mi casamiento será exactamente como a mí me gusta. Juan, querido,
aquí está tu martillo -y allí se fue la novia a ayudar a "ese hombre" en su trabajo.
El señor Brooke no dijo ni siquiera gracias; pero al agacharse a recoger aquel utensilio tan poco romántico le dio un beso a su novia detrás de la puerta plegadiza, con una mirada que obligó a tía March a sacar su pañuelito y secarse un sospechoso rocío que había aparecido en sus viejos ojos sagaces.
De pronto, un estruendo, un grito, una risa de Laurie, acompañada de la expresión indecorosa de: "¡Júpiter Tonante!... ¡Jo ha vuelto a derribar la torta!..." Una conmoción momentánea que apenas había pasado cuando llegó una bandada de primos y "empezó la fiesta", como decía Beth cuando era chiquita.
-No dejéis que se me acerque ese gigantón... me fastidia más que los mosquitos susurró tía March al oído de Amy a medida que las habitaciones se iban llenando y la negra cabeza de Laurie sobresalía por sobre todas las demás.
-Nos ha prometido portarse muy bien hoy y es muy capaz de proceder con suma elegancia cuando quiere -replicó Amy, deslizándose hacia el otro cuarto para advertir al Hércules que se guardara del dragón, aviso que bastó para que él todo el día rondara a la anciana con una devoción que casi la enloquece.
No hubo cortejo nupcial, pero se hizo en la sala un repentino silencio en el momento en que el señor March y la joven pareja se colocaron bajo el arco de siempreverdes. La madre y las hermanas se apiñaron bien cerca, como si estuviesen poco dispuestas a renunciar a Meg; la voz paternal se quebró más de una vez, lo cual contribuyó a hacer la ceremonia más hermosa y solemne; la mano del novio tembló visiblemente y nadie pudo oír sus respuestas; en cambio, Meg miró al novio directamente a los ojos y dijo: "¡Si!" con una confianza tan llena de ternura en el rostro y en la voz que su madre se regocijó interiormente y la tía March lloriqueó de tal modo que todo el mundo la oyó.

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