Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Meg hablaba con toda seriedad y esperaba que Laurie se riese o refunfuñase, pero el chico no hizo ninguna de las dos cosas, sino que dijo con su modo impetuoso de siempre:
-Eso me parece bien. Bastante daño he visto hacer por la causa contraria para no desear que ninguna mujer piense como ustedes.
-Espero que no hayas adquirido sabiduría con la experiencia, ¿eh?
-No, te doy mi palabra de que no... y no vayas a darme mucho mérito por eso, sino que ésta no es una tentación para mí. Educado en un medio donde el vino me llama la atención, aunque cuando a uno se lo ofrece una chica bonita no se puede rehusar, ¿eh?
-Pero lo harás, si no por ti, por los demás. ¡Ea, Laurie!. prométemelo y me darás una razón más para llamar a éste el día más feliz de mi vida.
Una exigencia tan repentina y tan seria hizo vacilar un momento al joven, pues el ridículo es a veces más difícil de sobrellevar que el sacrificio. Meg sabía que si Laurie le hacía esa promesa en aquel momento la cumpliría luego por mucho que le costase, y consciente de su fuerza, la utilizó, como hace toda mujer con todo derecho, siempre que sea por el bien de un amigo. No habló, pero miraba el rostro del muchacho con expresión a la que la felicidad prestaba elocuencia y con una sonrisa que decía: "Nadie puede negarme nada hoy". Por cierto que Laurie no podía, y respondiendo a la sonrisa de Meg con otra sonrisa, le dijo con calor: "Lo prometo, señora de Brooke".
-Te lo agradezco muchísimo.
-Y yo digo: ¡que sea por muchos años esa resolución!.. . -exclamó Jo, bautizándolo con una salpicadura de limonada al agitar su vaso y mirarlo radiante de aprobación.
Así se hizo aquel brindis memorable, y así fue empeñada la palabra y fielmente cumplida, pese a haber sido muchas las tentaciones. Con sabiduría instintiva, las muchachas habían aprovechado un momento feliz para hacer al amigo un favor que él supo agradecerles toda la vida.
Después del almuerzo la gente se puso a pasear de aquí para allá en grupos de dos o de tres por el jardín o la casa, disfrutando del sol tanto afuera como adentro. En un momento en que Meg y Juan se encontraban parados juntos en medio de un cuadrito de césped a Laurie lo arrebató una inspiración que puso la nota final en este casamiento tan fuera de lo usual.

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