Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Sus monstruosidades en materia de ganado hubiesen obtenido premios en cualquier exposición y la peligrosa inclinación de sus navíos hubiese mareado al observador más náutico si primero no se hubiese convulsionado de risa al notar el más absoluto descuido de todas las reglas conocidas de la construcción de barcos.
Después fueron los retratos al carbón; apareció toda la familia colgada de la pared con aspecto tan fiero y fuliginoso como si recién saliera de la carbonera. Con los bosquejos al lápiz, se. suavizaron algo, pues los parecidos eran muy buenos y fueron calificados por algunos de "notables": el pelo de Amy, la nariz de Jo, la boca de Meg y los ojos de Laurie. Siguió un retorno al yeso y la arcilla y los rincones de la casa se vieron frecuentados por vaciados fantasmales de los conocidos de Amy. No era difícil que al abrir un placar cayera uno de aquellos benditos vaciados sobre la cabeza del curioso. Los chicos del barrio eran sobornados para servir de modelos y sus incoherentes relatos de las misteriosas actividades de la astuta muchacha la presentaban a los vecinos como una especie de joven ogro. Sus esfuerzos en ese campo llevaron a un abrupto fin, sin embargo, a causa de un infortunado accidente que apagó su entusiasmo. Siéndole escasos los modelos, se puso a vaciar su propio pie, por cierto muy bonito, y un día la familia se alarmó con una espantosa baraúnda de golpes y gritos. Al correr al salvamento se encontraron con la entusiasta joven saltando como loca por el galpón con el pie agarrado fuertemente en un balde de yeso que se había endurecido con inesperada rapidez. Con mucha dificultad y algún peligro fue extraída del yeso, pues a Jo la venció de tal modo la risa mientras hurgaba que se le escapó el cuchillo y le cortó el piececito, quedando a la pobre Amy un recuerdo imborrable de aquel ensayo artístico.
Después de ese experimento, Amy se tranquilizó un tiempo, hasta que la manía de bosquejar del natural la llevó a frecuentar el río, el campo y el bosque, a la búsqueda de estudios pintorescos, mientras suspiraba por algunas ruinas que copiar. Innumerables fueron los resfríos que se pescó sentándose en la hierba húmeda para hacer un apunte de algún "delicioso detalle", compuesto de una piedra, un poste, un hongo y un tallito quebrado o de "un precioso macizo de nubes" que parecían -cuando pintadas-una exhibición selecta de colchones de pluma.

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