Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Hasta sacrificó su cutis bogando por el río en pleno verano para estudiar la luz y la sombra.
Si el genio no es más que "paciencia eterna", como afirmó Miguel Angel, por cierto que Amy tenía algún derecho a ese divino atributo, pues perseveraba a pesar de todos los obstáculos, fracasos y desencantos, porque creía firmemente que algún día iba a hacer algo digno de ser llamado "gran arte".
Entretanto, aprendía, hacía y disfrutaba de otras cosas, pues también estaba resuelta a ser una mujer atrayente y culta, aunque nunca llegara a ser una gran artista. En eso obtenía mejores resultados, pues era uno de esos seres felizmente creados que complacen sin esfuerzo, que se hacen amigos por todas partes y toman la vida con tanta gracia y facilidad que los menos afortunados se ven tentados de creer que han nacido bajo una estrella auspiciosa. A todo el mundo gustaba Amy, pues entre sus muchos dones poseía el del tacto. Tenía un sentido instintivo de lo que era apropiado y podía ser agradable a los demás. Siempre decía lo que debía a cada persona, hacía lo que correspondía hacer en cada lugar y momento y tenía tal dominio de sí misma que sus hermanas solían decir que si Amy tuviese que presentarse ante la corte de Inglaterra sin ensayo previo iba a saber exactamente qué hacer y qué decir. Una de las debilidades era, sin embargo, el deseo de actuar eh "la mejor sociedad" sin que estuviese muy segura de lo que constituía en realidad lo mejor. A sus ojos eran muy deseables el dinero, la posición, la. habilidades y los modales elegantes y gustaba de tratar a quienes poseían esas cualidades, tomando a mentido lo falso por lo verdadero y admirando lo que no siempre era admirable. No olvidaba nunca que era una dama por su nacimiento y cultivaba sus gustos y modos de sentir aristocráticos con miras a que, llegada la oportunidad, la encontrase preparada para ocupar el lugar del que ahora la excluía la pobreza.
"Su Señoría", como la llamaban sus amigas, deseaba sinceramente ser una dama verdadera, y en esencia lo era.
-Quiero pedirte un favor, mamá -anunció un día Amy, entrando en su casa con aire importante.
-Bueno, chiquita, ¿de qué se trata? -respondió la madre, a cuyos ojos la altiva señorita seguía siendo "la nena".
-Nuestra clase de dibujo termina la semana próxima, y antes de separarme de las chicas por el verano quiero invitarlas a que vengan a pasar un día aquí conmigo.

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