Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

Página 24 de 229


La comida tenía muy buen aspecto y la pobre Amy al inspeccionarla rezó al cielo para que también supiera bien y para que todos los cristales y porcelanas prestados volvieran a sus dueños sin inconvenientes. Los coches encargados habían sido prometidos con puntualidad y tanto Meg como la mamá estaban listas para hacer los honores a las visitas mientras que Beth se preparaba a ayudar a Ana entre telones. Jo se había comprometido a estar tan amable y animada como se lo permitiesen la cabeza dolorida, el ánimo ausente y una desaprobación decidida de todo y de todos. Mientras se vestía, cansada desde ya, Amy estaba deseando el momento en que, terminado el almuerzo, saliera con sus amigas para pasar una tarde de deleites artísticos, pues el cochecito del señor Laurence y el puente roto eran o iban a ser los puntales de su fiesta.
Siguieron dos horas de suspenso, durante las cuales Amy oscilaba como un péndulo entre el porche y la sala, mientras que la opinión pública variaba tanto como la veleta. Un fuerte chaparrón caído a las once evidentemente enfrió el entusiasmo de las invitadas, que debían llegar a las doce. No vino nadie, y a las dos de la tarde la familia exhausta se sentó con el sol a todo brillar a consumir las partes perecederas del almuerzo de modo que nada se perdiese.
-Por lo menos hoy no habrá dudas sobre el tiempo; vendrán todas con seguridad; así, pues, démonos prisa para estar listas y recibirlas -exclamó Amy al despertarse al día siguiente con el sol. Su tono era animado, pero en el fondo del corazón deseaba no haber dicho nada sobre el martes porque el interés del asunto se estaba enfriando.
-No he podido conseguir langosta, así que tendrás que suprimir el fiambre, querida -dijo el señor March volviendo del mercado con expresión de plácida desesperación.
-Utiliza el pollo, entonces. En una mayonesa no se notará que es duro -aconsejó la señora.
-Ana lo dejó en la mesa de la cocina y se lo comieron los gatitos... Lo siento muchísimo, Amy -apuntó Beth, que seguía protegiendo felinos.
-Entonces tengo que conseguir langosta a cualquier precio, pues la lengua sola no basta ­dijo Amy con decisión.
-¿Quieres que me precipite a la ciudad a buscar una? -preguntó Jo con magnanimidad digna de un mártir.
-Eres capaz de venirte con ella bajo el brazo, sin envolverla, nada más que para probar mi paciencia -contestó Amy, cuyo buen humor comenzaba a fallarle.

Página 24 de 229
 

Paginas:
Grupo de Paginas:             

Compartir:




Diccionario: