Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Como llegaron temprano y miss Crocker se puso a tejero, Jo se divirtió examinando las caras de la gente que ocupaba la misma fila que ellas. A su izquierda había dos matronas, de frentes macizas y sombreros igualmente pesados. Mientras hacían encaje, discutían los Derechos de la Mujer. Más allá había una humilde pareja de enamorados, cándidamente tomados de la mano; luego una sombría solterona comiendo pastillas de menta y un señor viejo tomándose una siesta anticipada. A su derecha, su único vecino era un muchacho de aspecto estudioso, absorto en la lectura de un diario.
Como se trataba de un periódico ilustrado, Jo estudió la "obra de arte" que tenía tan cerca, preguntándose ociosamente qué fortuita concatenación de circunstancias necesitaría la ilustración melodramática de un indio con todo el traje de guerra, desplomándose en un precipicio con un lobo prendido a la garganta, mientras dos furiosos jóvenes se apuñalaban mutuamente cerca de allí y una mujer desgreñada huía por el fondo con la boca abierta. Deteniéndose a dar vuelta la hoja, el chico la vio mirando, y con amabilidad de muchacho, le ofreció la mitad de la página, diciéndole lisa y llanamente:
-¿Quiere leerla? Es una historia de primera.
Jo la aceptó con una sonrisa; porque todavía no se le había pasado su preferencia por los chicos varones y pronto se encontró sumergida en el acostumbrado laberinto de amor, misterio y crimen, pues la historia pertenecía a la categoría de literatura barata en que las pasiones están de fiesta y cuando falla la inventiva del autor una gran catástrofe barre de la escena la mitad de los personajes, dejando la otra mitad para que se regocijen con su caída.
-De primera, ¿verdad? -preguntó el chico cuando vio que Jo llegaba al final.
-Creo que usted o yo podemos hacerlo tan bien como ese autor si nos lo proponemos ­replicó Jo, divertida con la admiración que despertaba en el chico aquella tontería.
-Me consideraría muy afortunado si así fuera. Esa señora gana mucha plata escribiendo estas historias, según dicen -e indicó el nombre de la autora bajo el título del cuento.
-¿La conoce? -preguntó Jo, con interés repentino.
-No, pero leo todo lo que escribe y conozco a un tipo que trabaja en la oficina donde se imprime este diario.
-¿Y dice usted que se gana bien la vida con cuentos como éste? -preguntó Jo mirando con más respeto el grupo convulsionado de la figura y la página salpicada de exclamaciones.

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