Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

Página 30 de 229


-Creo que sí. Sabe ella muy bien lo que le gusta a la gente y le pagan por escribirlo.
En ese momento de la conferencia, y por lo que toca a Jo, poco de ella fue lo que escuchó, pues mientras el profesor Sands se explayaba sobre escarabajos y jeroglíficos, ella subrepticiamente copiaba la dirección del diario, resolviendo audazmente optar al premió de cien dólares que ofrecían por una historia sensacionalista. Para cuando terminó la conferencia, y mientras la concurrencia se despertaba, Jo se había ganado una fortuna y se sumergía en el planeamiento de su historia sin decidirse a si el duelo debía ocurrir antes de la fuga ó después del asesinato.
Nada dijo del proyecto en su casa, pero puso manos a la obra al día siguiente, con mucha inquietud por parte de su madre, que siempre se afligía un poco cuando "el genio se ponía a arder". Jo no había ensayado nunca ese género, contentándose hasta entonces con sencillos romances. Su experiencia dramática y sus lecturas eclécticas le fueron útiles ahora, pues le dieron cierta idea de los efectos dramáticos y la proveyeron de argumentó, lenguaje y trajes. Su cuento estaba tan repleto de desesperaciones y angustias como lo permitía su limitada experiencia de esas emociones tan incomodas y, habiendo ubicado su historia en Lisboa, la redondeó con un terremoto como desenlace apropiado y llamativo. Despachó en secretó el manuscrito, con una notita en que, modestamente, decía que si el relató no ganaba el premió ­cosa que el autor no se atrevía a esperar- agradecería cualquier suma que el periódico creyese que él valía.
Seis semanas son largas para esperar y aún más largas para que una muchacha guarde su secretó; Jo hizo sin embargó ambas cosas, y ya empezaba a perder toda esperanza cuando llegó una carta que la dejó sin respiración, pues al abrirla cayó en su falda un cheque de 100 dólares. Por un minuto se quedó mirándolo como si se tratase de una culebra; por fin leyó la carta y se puso a llorar. Si el atento caballero que había escrito aquella amable notita pudiese haber visto qué intensa felicidad daba a un semejante, creó que hubiese dedicado en adelante su tiempo libre, si es que lo tenía, a este entretenimiento, pues Jo valoró la carta más aún que el dinero, pues era alentadora y después de años de esfuerzos fue realmente agradable descubrir que por fin había aprendido a hacer algo, aunque sólo fuese un cuento sensacionalista.

Página 30 de 229
 

Paginas:
Grupo de Paginas:             

Compartir:




Diccionario: