Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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A veces debían invitar a toda la familia a comerse una excesiva abundancia de éxitos; otras, despachar a Lotty en secreto con una tanda de fracasos, que los acomodaticios estómagos de los pequeños Hummel ocultarían a todos los ojos curiosos. Revisando con Juan sus libretas de cuentas disminuían sus entusiasmos culinarios, y durante esa temporada de frugalidad el pobre Juan debía conformarse con budín de pan, picadillo, café recalentado y otras cosas que ponían a prueba su "aguante", aunque sabía soportarlo todo con fortaleza digna de elogio. Antes de alcanzar el feliz "término medio", Meg agregó a sus experiencias domésticas aquello de que pocas parejas escapan: una pelea.
Llena de entusiasmo por ver su despensa bien provista de dulces caseros, emprendió la confección de la jalea de grosella. Le pidió a Juan que le enviase unos doce tarritos y una cantidad adicional de azúcar, pues las grosellas de su huerta estaban maduras y había que recogerlas en seguida. Como Juan estaba convencido de que "mi mujer" era capaz de realizar cualquier cosa, y sentía orgullo por las habilidades de ella, resolvió complacerla y así lograrían aprovechar ese invierno en forma muy simpática su primera cosecha de fruta... A casa llegaron, pues, cuatro docenas de tarritos monísimos y medio barril de azúcar, además de un chico para juntar las grosellas sin que Meg se molestara. Con su precioso pelo escondido en una cofia, los brazos arremangados y un delantal a cuadritos muy coqueto se puso a trabajar la joven ama de casa, sin la menor duda respecto de su éxito. ¿Acaso no había visto a Ana hacer la jalea más de cien veces? El número de tarritos la asustó en un principio, pero como a Juan le gustaba tanto la jalea de grosella y los tarritos iban a quedar tan bien en el estante superior de la despensa, Meg resolvió llenarlos todos y pasó un largo día juntando grosellas, hirviéndolas, colocándolas y ajetreándose con el bendito dulce. Hizo las cosas lo mejor que pudo, consultó su libro de cocina, se devanó los sesos para recordar qué es lo que hacía Ana y que ella evidentemente había omitido: volvió a hervir, añadió azúcar, volvió a colar, pero aquel matete terrible "no quiso" cuajarse.
La pobre Meg suspiraba por correrse hasta la casa de su madre, con delantal y todo, a pedir ayuda. Pero Juan y ella habían acordado que nunca molestarían a nadie con sus problemas, ni con sus experiencias, ni con sus peleas.

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