Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Así, pues, fue bastante natural que Meg cayera en la ronda de vida social y chismorreo en que actuaba Sally. Al ver las bonitas cosas que tenía su amiga no podía menos de compadecerse a sí misma porque no las tenía iguales. Sally era muy generosa y a menudo le ofrecía codiciadas bagatelas, pero Meg las rehusaba, sabiendo que a Juan no le gustaría que las aceptase; pero después esta mujercita tonta hizo algo que disgustaría a Juan muchísimo más. Bien enterada de cuál era la entrada de su marido, estaba muy orgullosa de que John se la confiase. Meg sabía dónde guardaba Juan el dinero, tenía libertad para tomar cuanto quisiese con las únicas condiciones de que llevara cuenta de cada centavo gastado, pagar las deudas una vez al mes y recordar que era la mujer de un hombre pobre. Hasta ahora Meg había llevado las cosas muy bien, con prudencia y exactitud, y levado prolijamente su libreta de cuentas, mostrándoselas a él mensualmente sin ningún . temor. Pero ese otoño la serpiente se coló en el paraíso de Meg y la tentó. Como no le gustaba que la compadeciesen ni que le hiciesen sentir su pobreza, de cuando en cuando se consolaba comprándose algo bonito, sólo para que Sally no creyese que tenía que economizar. Siempre se arrepentía después, pues las monedas que compraba rara vez eran necesarias, pero ¡costaban tan poco!... que ni valía la pena preocuparse por ello. Así fueron creciendo las pavaditas y costaren más de lo que pudiera creerse. Cuando a fin de mes echó Meg sus cuentas, la suma total la alarmó bastante. Juan, muy ocupado aquel mes, la dejó a ella a cargo de los gastos; al mes siguiente estuvo fuera de la ciudad, pero el tercero quiso hacer un gran balance trimestral y Meg nunca se olvidó de aquello, pues pocos días antes había hecho una cosa horrible y le pesaba mucho en la conciencia: Sarita había estado comprando sedas y Meg se moría por tener un vestido nuevo, clarito, para fiestas, ya que el suyo de seda negra era muy vulgar; además, los vestidos de finos algodones para la noche eran apropiados únicamente para chicas solteras. La tía March generalmente regalaba veinticinco dólares a cada una de las hermanas con motivo de Año Nuevo. Eso significaba esperar sólo un mes, y en esa tienda había una preciosa seda violeta que era una verdadera pichincha.

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